A las 3:07 de la madrugada, el teléfono de mi esposo me dejó un mensaje de voz de 27 segundos que él nunca quiso enviarme.
Primero escuché un elevador. Después, la voz de Renata, su asistente ejecutiva, clara y tranquila.
—Licenciado, yo tengo la tarjeta de la habitación. Subo primero y le abro.
Al fondo, Mauricio respondió algo que no entendí. No hizo falta.
2 horas antes me había escrito que seguía en una junta del consejo en Santa Fe, que el proyecto con inversionistas de Monterrey se había complicado y que probablemente amanecería en la oficina. Reproduje el audio 1 vez más. Mismo elevador. Misma voz. Misma tarjeta.
—Qué junta tan elegante —murmuré—. Hasta tiene habitación.
No lloré. Eso fue lo que más me sorprendió.
5 años atrás, cuando Mauricio y yo vivíamos en un departamento diminuto de la Narvarte, yo sí habría llorado. Él todavía era un emprendedor que vendía mobiliario para oficinas y yo era diseñadora industrial. Compartíamos escritorio, cafetera y cuentas atrasadas. Yo corregía presentaciones, diseñaba exhibidores y le presté ideas cuando nadie quería recibirlo.
Cuando Varela Espacios creció, acordamos que yo reduciría mi trabajo durante un tiempo. Solo hasta que la empresa caminara sola.
Ese “tiempo” se convirtió en 5 años.
Primero dejé 1 proyecto. Luego otro. Después los clientes dejaron de llamar. Mientras tanto, yo recibía proveedores, organizaba cenas, resolvía viajes, recordaba cumpleaños familiares, seleccionaba acabados para sus salas de exhibición y hasta corregía propuestas que luego aparecían firmadas por su equipo.
Mauricio nunca me prohibió trabajar. Hizo algo más fácil de negar: construyó su vida suponiendo que la mía estaría disponible.
La humillación que terminó de abrirme los ojos ocurrió 2 meses antes, durante el aniversario de la empresa en un hotel de Reforma.
Un empresario de Querétaro reconoció un sistema modular instalado en el salón.
—Está muy bien resuelto. ¿Quién diseñó esto?
Yo iba a responder porque aquella distribución venía de un proyecto mío. Mauricio se adelantó.
—El equipo interno. Renata coordinó muchísimo de la renovación.
Renata sonrió.
—Yo solo ayudé. Mariana ya no se dedica a estas cosas, ¿verdad?
Varias personas me miraron.
—Sigo siendo diseñadora —dije.
Mauricio soltó una risa corta.
—Bueno, en teoría. En la práctica, Mariana es la que hace que mi casa funcione. Eso ya es trabajo de tiempo completo.