Creí que la mujer con la que estaba a punto de casarme me había traicionado, hasta que la encontré agonizando en medio del bosque, todavía con el vestido de novia que llevaba tres días antes. Sus primeras palabras me dejaron helado: “No me lleves con mi familia… fueron ellos quienes me encerraron”. No discutí con nadie; simplemente llevé un misterioso medallón a una anciana para preguntarle por él… y ella terminó revelándome una muerte que había permanecido oculta durante casi treinta años.

—¿De dónde?

El sacerdote bajó la voz.

—De la casa de su tía Beatriz.

Sentí un escalofrío.

Beatriz había criado a Lucía desde los quince años, cuando murió su madre. Siempre hablaba de ella como de una hija.

El sacerdote continuó:

—Fue la primera en decir que Lucía quería vender las tierras de su madre para irse con otro hombre. También anda diciendo que desde niña tiene “problemas de la cabeza”.

—Eso es mentira.

—Tal vez. Pero ten cuidado. Una mentira repetida muchas veces termina pareciendo recuerdo.

Lucía despertó al amanecer siguiente.

Cuando me vio, comenzó a llorar en silencio.

—Mateo…

Me acerqué.

—Estoy aquí.

—Fue mi tía.

Sentí que se me endureció todo el cuerpo.

Lucía respiró profundamente.

—Ella quería que me casara con Rogelio Salas. Le prometió parte de las tierras de mi mamá si aceptaba casarse conmigo. Cuando le dije que me casaría contigo y que después de la boda reclamaría legalmente mi herencia… se puso demasiado tranquila.

Me contó entonces lo ocurrido.

La mañana de nuestra boda, Beatriz había insistido en acompañarla a la iglesia. Afuera de la casa esperaba una camioneta.

Le dijo que había una sorpresa para nosotros en la parte trasera.

Lucía se acercó.

Alguien la sujetó por detrás.

Le taparon la boca, la amarraron y la llevaron a una vieja bodega.

Durante tres días, su tía entró varias veces para exigirle que escribiera una carta.

“Escribe que te fuiste con otro hombre y te dejo salir”.

Lucía se negó.

La tercera noche logró desgastar la cuerda contra una pieza oxidada de metal y escapó.

Corrió hasta no poder respirar.

—Pensé que iba a morir debajo de ese árbol —susurró.

Le tomé la mano.

—Te creo.

Ella cerró los ojos.

—¿Aunque nadie más me crea?

—Aunque todo el pueblo diga lo contrario.

Horas después, mientras mi madre ayudaba a Lucía a cambiarse, encontró algo colgado de su cuello.

Un pequeño relicario de oro.

Lucía lo miró aterrada.

—Eso no es mío.

En el reverso había una inicial grabada.

Una “R”.

Y cuando se lo llevé a Jacinta, la anciana perdió el color del rostro.

—Mateo —susurró—, yo vi este mismo relicario hace casi treinta años.

Entonces me contó a quién había pertenecido.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *