Creí que la mujer con la que estaba a punto de casarme me había traicionado, hasta que la encontré agonizando en medio del bosque, todavía con el vestido de novia que llevaba tres días antes. Sus primeras palabras me dejaron helado: “No me lleves con mi familia… fueron ellos quienes me encerraron”. No discutí con nadie; simplemente llevé un misterioso medallón a una anciana para preguntarle por él… y ella terminó revelándome una muerte que había permanecido oculta durante casi treinta años.

Afirmaba que Lucía había escapado con un comerciante.

Que probablemente aquel hombre la había golpeado y abandonado.

—Yo la perdono —repetía—. No importa lo que haya hecho. Sólo quiero llevármela a casa.

En menos de dos horas, medio pueblo estaba de su lado.

Cometí entonces un error.

Fui a enfrentarla a la cantina de don Armando.

—Encontré a Lucía amarrada —dije delante del comisariado y una docena de vecinos—. Y ella dice que tú ordenaste que la secuestraran.

Beatriz abrió los ojos con una expresión perfecta de dolor.

Después comenzó a llorar.

—¡Yo la crié! ¡Le di de comer cuando su madre murió! ¿Y ahora me acusa porque está confundida?

Algunos vecinos me miraron con desaprobación.

Beatriz dio el golpe más bajo.

—Elena también veía enemigos cuando se enfermaba. Lucía heredó esa fragilidad.

El comisariado me pidió pruebas.

Yo no tenía ninguna que pudiera poner sobre aquella mesa.

Regresé a casa furioso.

Lucía comprendió inmediatamente lo que había pasado.

—No te creyeron.

—Te creerán cuando hables tú.

Pero ella bajó la cabeza.

—Y si no me creen, te voy a destruir conmigo. Tu madre, tu aserradero, tu reputación…

—Me importa más que estés viva.

Aquella noche me quedé dormido sentado junto a su cama.

Cuando desperté, Lucía había desaparecido.

Sobre la almohada dejó una nota.

“Me voy a Zacatlán con una amiga. No me busques. Te amo demasiado para permitir que todo el pueblo te hunda conmigo”.

Salí corriendo.

El autobús de las siete y cuarto estaba a punto de partir cuando llegué.

Lucía estaba sentada junto a una ventana.

Subí sin pensar.

—Bájate conmigo.

Negó con la cabeza.

—Mateo…

—Entonces me voy contigo. A Zacatlán, a Puebla, a donde quieras. Pero no vuelvas a decidir que debo perderte para protegerme.

Los pasajeros nos observaban en silencio.

—¿Y tu negocio?

—Puedo vender menos madera.

—¿Y el pueblo?

—Puede hablar.

—¿Y tu madre?

—Ya entendió que casi comete el mismo error que todos.

Lucía comenzó a llorar.

—Tres días creyendo que me abandonaste debieron bastarte para odiarme.

—Me bastaron para entender cuánto te amo.

Finalmente bajó.

No sabíamos que, al otro lado de la terminal, un niño de once años llamado Emiliano nos estaba observando.

Vivía cerca de la propiedad de Beatriz.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *