Todavía ignoraba hasta dónde habían llegado Diego y su madre.
Y no podía imaginar lo que encontraría esa misma noche detrás de aquella puerta cerrada.
PARTE 2
Cuando Natalia entró, Diego cambió inmediatamente de expresión.
—Ah, ya llegaste. ¿Por qué tan temprano?
—Nos dejaron salir antes.
Natalia caminó hacia la cocina procurando que no le temblaran las manos.
—Por cierto… ¿no que querías poner un negocio?
Diego miró a su madre.
—Sí. Precisamente de eso queríamos hablar contigo.
—¿Y qué necesitas?
Él sonrió por primera vez en días.
—Una firma. Nada grave. Un poder para que yo pueda hacer trámites mientras tú trabajas.
—¿Qué clase de poder?
Leticia soltó la cuchara sobre la mesa.
—Ay, Natalia, qué cansado es explicarte todo. Tu marido quiere salir adelante y tú interrogándolo como policía.
—Solo estoy preguntando.
—Pues confía en él.
Natalia miró a Diego.
—¿Tú confías en mí?
Él no respondió.
En ese momento sonó el timbre.
Leticia corrió a abrir.
Un joven sostenía un sobre grueso.
—Entrega para el señor Diego Hernández. Viene de la notaría.
La cara de Leticia cambió.
Le quitó rápidamente el sobre, firmó la recepción y cerró.
—¿Qué llegó? —preguntó Natalia.
—Publicidad.
—El muchacho dijo que venía de una notaría.
—Escuchaste mal.
Leticia llevó la carpeta directamente al cuarto cerrado.
El candado volvió a sonar.
Aquella noche Natalia esperó hasta que Diego comenzara a roncar y Leticia se quedara dormida en la sala.
Entonces salió de la habitación descalza.
La puerta del antiguo estudio de su abuela era vieja y tenía una separación considerable entre la madera y el piso.
Natalia encendió la lámpara del teléfono.
La carpeta estaba tirada justo detrás.
Tomó una espátula larga de madera de la cocina y, poco a poco, consiguió acercarla.
Primero apareció una esquina.
Luego otra.
Finalmente pudo sacar varias hojas.
Leyó.
Y sintió que se le helaba la sangre.
Había un proyecto de poder para realizar actos de administración y dominio relacionados con el departamento.
También había un borrador de convenio mediante el cual Natalia reconocería a Diego derechos sobre el cincuenta por ciento del inmueble, con instrucciones para posteriormente formalizar la operación ante notario.
Su firma aún no estaba.
Nada de aquello transfería por sí solo el departamento.