Un mensajero llegó con una carpeta de una notaría, pero mi suegra se la arrebató y dijo: “Es publicidad”. Esa noche, mientras todos dormían, vi los documentos debajo de una puerta cerrada y entendí por qué mi esposo llevaba semanas insistiendo en que firmara “por su negocio”.

PARTE 1

—¡DEJA DE COMERTE MI COMIDA, MANTENIDA! Si no te alcanza para comprarte lo tuyo, agarra tus cosas y lárgate de mi casa.

Natalia se quedó inmóvil en la entrada de la cocina, todavía con el uniforme blanco de la panadería y la bolsa colgada del hombro.

Había trabajado doce horas seguidas en una sucursal de Guadalajara. Tenía las manos adoloridas de amasar, los pies hinchados y el cabello impregnado de harina y mantequilla. Y frente a ella estaba Diego, su esposo, señalando un refrigerador que ella misma había llenado dos días antes.

—¿Tu comida? —preguntó despacio—. Diego, yo compré todo eso.

Él cerró la puerta del refrigerador de un golpe.

—¡Pero vives bajo mi techo!

Natalia soltó una risa seca.

—Este departamento era de mi abuela. Está escriturado a mi nombre.

Diego abrió la boca para contestar, pero justo entonces alguien abrió la puerta principal con una llave.

Era Leticia, su madre.

Entró sin saludar, cargando dos bolsas del supermercado.

—¿Ahora qué hiciste, Natalia? —preguntó, mirando primero a su hijo—. Desde el pasillo se oyen los gritos.

—Nada, mamá. Nomás que la señora cree que porque trae unos pesos puede hacer lo que quiera.

Leticia examinó a Natalia de arriba abajo.

—Mírate. Llegas hecha un desastre. Mi hijo lleva todo el día aquí solo y tú preocupada por tu trabajito.

Natalia apretó los labios.

Diego llevaba casi dos años desempleado.

“Buscando algo a su nivel”, decía.

En realidad pasaba los días frente al televisor.

Natalia prefirió no discutir y fue al baño. Abrió la llave, se echó agua fría en la cara y entonces escuchó las voces de la cocina.

—Tenemos que apurarnos —susurró Leticia—. Antes de que sospeche.

—Baja la voz, mamá.

—El notario ya tiene listo lo importante.

Natalia dejó de respirar.

¿Notario?

Regresó a la cocina fingiendo normalidad.

—¿Qué asunto tienen con un notario?

Diego casi tiró su vaso.

—¿Cuál notario?

Demasiado rápido.

Demasiado nervioso.

Leticia endureció el rostro.

—Asuntos de mi hijo. No te metas.

Natalia miró hacia el antiguo cuarto de su abuela, donde guardaba documentos y cajas.

Había un candado nuevo.

—¿Por qué está cerrado ese cuarto?

—Metí unas cosas —respondió Leticia—. Y no quiero que estés husmeando.

Aquella noche Natalia casi no durmió.

A la mañana siguiente, Leticia decidió quedarse “unos días para cuidar a su hijo”.

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