Todos se reían.
Yo también sonreía.
Pero por dentro me dolía.
Una joven llamada Rachel trabajaba en nuestra casa. Tenía veintinueve años, era un poco rellenita y siempre vestía con sencillez. Su madre necesitaba una operación importante, y Rachel trabajaba desde la mañana hasta la noche intentando ahorrar suficiente dinero para pagar los gastos médicos.
A Vanessa no le gustaba.
—Muévete más rápido —le decía a menudo con brusquedad—. No te pago para que pasees por mi casa.
Una vez, delante de varios invitados, incluso dijo:
—Si sigues así, tendré que pedirte un uniforme nuevo. Ese ya no te quedará por mucho tiempo.
Rachel no dijo nada.
Simplemente bajó la cabeza.
Vi cómo se le llenaban los ojos de lágrimas.
Esa noche, por primera vez, sentí vergüenza por el comportamiento de mi esposa.
Pero todo cambió un martes por la noche.
Eran casi las once cuando Rachel llamó a la puerta de mi despacho.
Normalmente se habría ido a casa horas antes.
Pero aquella noche tenía el rostro pálido.
Le temblaban las manos.
Entró, cerró la puerta y dijo en voz baja:
—Señor Richard… no sé cómo decirle esto. Si estoy equivocada, puede despedirme ahora mismo. Pero si no me escucha ahora, quizá mañana ya no despierte.
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Me levanté de la silla.
—¿Qué pasó?
Rachel me miró en silencio durante varios segundos.
Luego susurró:
—Escuché a la señora Vanessa hablando con alguien.
—¿Con quién?
Dijo un nombre que yo conocía muy bien.
—Kevin.
Sentí que se me helaba la sangre.
Vanessa siempre me había presentado a Kevin como un primo lejano. Venía con frecuencia a nuestra casa. A veces ayudaba con algunos documentos y otras veces llevaba a Vanessa a algún lugar.
Nunca había sospechado nada.
Rachel me explicó que estaba limpiando el pasillo cuando escuchó sus voces provenientes de la habitación de al lado.
Ellos pensaban que ella ya se había ido a casa.
Vanessa había dicho que yo todavía no había firmado el nuevo testamento.
Kevin respondió enfadado que ella había esperado demasiado tiempo.
Y entonces Vanessa dijo una frase que todavía no puedo olvidar.
—Cuando todo esté a mi nombre, Richard dejará de ser un problema.