Mi padre me impidió entrar al funeral de mi abuela y amenazó con dejarme sin universidad si desobedecía. “Tu futuro depende de mí”, me recordó antes de marcharse con mi madre. Yo sólo dije: “Está bien” y esperé hasta la mañana siguiente… porque unas horas antes de morir, mi abuela había firmado un documento que convertía la amenaza de mi padre en su peor problema.

PARTE 1

—Si te bajas del coche y lloras delante de mis socios, hoy mismo dejo de pagar tus estudios.

Eso fue lo último que mi padre me dijo antes de quitarme el abrigo, guardar las llaves en el bolsillo y cerrar la puerta de la camioneta.

Me llamo Alicia Ramírez, tenía dieciocho años y aquel domingo de diciembre estaba estacionada frente a una pequeña iglesia de Ensenada, mientras una tormenta invernal golpeaba la costa de Baja California.

El viento del Pacífico hacía temblar los cristales. Yo llevaba únicamente un vestido negro de manga corta. Afuera, bajo paraguas oscuros, mi padre, Ricardo, estrechaba manos de banqueros, empresarios pesqueros y dos desarrolladores inmobiliarios llegados de Tijuana.

Entre ellos avanzaba el ataúd de mi abuela Elena.

La única persona de mi familia que jamás me había hecho sentir que debía ganarme el derecho a ser querida.

—No puedes entrar así —me había dicho mi padre al ver mis ojos hinchados—. Pareces fuera de control.

—Se murió mi abuela.

—Precisamente. Compórtate.

Mi madre, Marcela, no dijo una palabra. Se limitó a acomodarse el collar de perlas y a mirar hacia otro lado.

Papá dirigía una empresa de distribución de pescados y mariscos. Durante años había presumido sus camionetas refrigeradas, sus contratos con restaurantes de lujo y su casa con vista al mar. Lo que yo no sabía era que su negocio estaba ahogado en deudas.

Y los hombres que estaban entrando al funeral podían salvarlo.

Mi tristeza, según él, arruinaba la imagen de “familia fuerte” que quería venderles.

Cuando las puertas de la iglesia se cerraron, empecé a tiritar.

Mi abuela Elena había administrado durante cuarenta años una antigua posada frente al mar, al sur de Ensenada, rodeada por más de veinte hectáreas de terreno costero. Ahí pasé casi todos mis veranos.

Ella me enseñó a reparar ventanas, revisar cuentas, reconocer aves marinas y respetar un lugar antes de pensar cuánto dinero podía producir.

Mi padre despreciaba todo aquello.

—Ese caserón es un agujero donde se entierra dinero —decía.

Yo estudiaba biología marina. Mi sueño era trabajar algún día protegiendo ecosistemas costeros.

Y papá lo sabía.

Por eso utilizaba mis gastos universitarios y la renta de mi cuarto como una correa alrededor de mi cuello.

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