Mi suegra abrió la puerta, tiró mi bolso al suelo y dijo: “Muérete si quieres, pero deja de arruinarnos el día”. Mi esposo me abandonó con un dolor insoportable y se llevó la camioneta que yo había pagado con mis ahorros. Yo apenas podía moverme, pero alcancé a hacer una llamada. Cuando el cirujano confirmó lo cerca que estuve de morir, ya había otra sorpresa esperando a los dos.

Pensé que eran nervios. Tomé agua. Después una pastilla. Pero el dolor creció tan rápido que, cuarenta minutos después, ya no podía enderezarme.

—Adrián, necesito un hospital.

—Ahorita vemos, amor.

Teresa soltó una carcajada.

—¿Hospital por un dolor de panza? Lo que quiere es regresarnos. Yo la conozco.

Pasaron otros veinte minutos.

Empecé a sudar frío.

—No estoy fingiendo —dije—. Me duele muchísimo.

Adrián me miró por el espejo. Por un segundo creí que iba a reaccionar.

—Mamá, sí se ve mal.

—Se ve dramática —respondió Teresa—. Y si nos detenemos, perdemos la comida, la reservación y todo.

Entonces vomité.

Adrián frenó en el acotamiento. Bajé como pude y apenas alcancé a sostenerme de la puerta.

—Llévame a urgencias —le supliqué.

Teresa se bajó detrás de mí, cruzó los brazos y dijo una frase que jamás voy a olvidar:

—Si de verdad te estás muriendo, muérete sin hacernos responsables.

Yo miré a mi esposo.

—Adrián… por favor.

Él bajó la cabeza.

Y lo que hizo después me demostró que yo nunca había conocido al hombre con el que me casé.

No podía creer lo que estaba a punto de pasar…

PARTE 2

—Bájate.

—¿Qué estás haciendo? —alcancé a decir.

—Quitando el problema de en medio.

Apenas podía sostenerme. Terminó sacándome del asiento y caí de rodillas sobre la tierra.

—¡Adrián! —grité.

Mi esposo dio dos pasos hacia mí.

Por un instante pensé que iba a enfrentarla.

No lo hizo.

—Mamá, ya… no exageres.

—¿Yo exagero? —respondió ella—. Esta mujer te ha puesto en mi contra desde que se casaron. Hoy se va a dar cuenta de que no puede manipularnos.

Sacó mi bolsa y la dejó junto a mí.

—Ahí tienes tu teléfono. Pide un taxi, una ambulancia o un helicóptero si quieres.

Yo miré a Adrián.

—Esta camioneta es mía.

Él apretó la mandíbula.

—Luego te la regreso.

—No tienes mi permiso para llevártela.

Teresa soltó una risa seca.

—Ay, por favor. Ahora hasta ladrones somos.

Adrián subió al asiento del conductor.

No volvió a mirarme.

La camioneta se alejó y yo me quedé sola en la orilla de la carretera, con el ruido de los tráileres pasando a lo lejos y un dolor que ya me hacía ver borroso.

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