NADIE ME HA ELEGIDO NUNCA… HASTA QUE UN CEO SE ARRODILLÓ ANTE ELLA-TANTONA

Tenía miedo de que si pronunciaba aquellas palabras, todo desapareciera.
Y desapareció.
La pareja decidió adoptar a una niña más pequeña.
Cuando Berta se enteró, regresó al refugio con una mochila sobre los hombros.
No lloró.
Rosanna recuerda que lo único que preguntó fue:
—¿Puedo quedarme con la muñeca que me regalaron?
La respuesta fue sí.
Aquella muñeca fue durante años su única pertenencia que consideraba realmente suya.
Con el tiempo, Berta dejó de esperar.
Dejó de mirar hacia la puerta cada vez que llegaba un automóvil.
Dejó de arreglarse el cabello cuando había visitas.
Dejó de preguntarle a Rosanna:
—¿Hoy viene alguien por mí?
Hasta que llegó David.
David Cárdenas tenía 45 años y era uno de los empresarios más conocidos de la región.
Había construido una importante compañía dedicada al desarrollo de proyectos inmobiliarios y tecnológicos.
Vivía rodeado de personas.
Reuniones.
Contratos.
Viajes.
Hoteles elegantes.
Pero había una cosa que no tenía.
Una familia.
David había acudido al refugio acompañando a una amiga que colaboraba con distintos programas sociales.
No tenía intención de adoptar.
Al menos, eso creía.
No llevaba regalos.
No había fotógrafos.
Ni periodistas.

Ni asistentes.
Solo había ido porque había prometido quedarse unas horas.
Mientras caminaba por uno de los pasillos, escuchó una voz muy bajita.
—No pasa nada.
David se detuvo.
La voz volvió a escucharse.
—Ya estoy acostumbrada.
Giró lentamente la cabeza.
Berta estaba sentada junto a una ventana.
Miraba hacia afuera.
En sus manos sostenía aquella vieja muñeca.
David se acercó unos pasos.
—¿Acostumbrada a qué?
La niña levantó la mirada.
Durante unos segundos no respondió.
Después se encogió de hombros.
—A que no me elijan.
Aquellas palabras golpearon a David de una manera que no esperaba.
—¿Cómo dices?
Berta bajó los ojos.
—Nada.
—Sí te escuché.
La niña apretó la muñeca contra su pecho.
—Los niños pequeños son más bonitos.
David permaneció en silencio.
—Y los bebés todavía no han hecho nada malo —continuó ella—. Yo ya soy grande.
—Diez años no es ser grande.
Berta sonrió con tristeza.
—Aquí sí.
David sintió un nudo en la garganta.
La niña volvió a mirar por la ventana.
—Cuando vienen las familias, yo intento no acercarme.
—¿Por qué?
—Porque cuando se van, duele.
David no supo responder.
Entonces Berta dijo algo que jamás olvidaría:
—Una vez pensé que alguien iba a quedarse conmigo.
Hizo una pausa.
—Preparé mis cosas durante toda la noche.
—¿Y qué ocurrió?
—Al día siguiente eligieron a otra niña.
Berta intentó sonreír.
—Así que ahora no preparo nada.
David se sentó frente a ella.
Por primera vez en muchos años, un hombre acostumbrado a cerrar negocios millonarios no encontró una sola palabra adecuada.
Rosanna observaba desde el otro lado del pasillo.
Conocía aquella mirada de Berta.
Era la mirada de una niña que había dejado de esperar porque esperar le dolía demasiado.
DaDespués preguntó:
—¿Qué dibujas?
Berta abrió su cuaderno.
Le mostró una casa.
David sonrió ligeramente.
—Es bonita.
—No está terminada.
—¿Qué le falta?
Berta miró el dibujo.
—Alguien adentro.
David sintió que algo se quebraba dentro de él.
Se inclinó hacia la niña.
—¿Cómo sería esa persona?
Berta tardó en contestar.
—No sé.
—¿Qué tendría que hacer?
La niña respiró profundamente.
—Quedarse.
Una sola palabra.
Pero David entendió todo lo que había detrás.
Quedarse cuando tuviera miedo.
Quedarse cuando estuviera triste.
Quedarse cuando cometiera un error.
Quedarse incluso cuando dejara de ser una niña pequeña y bonita.
David miró el cuaderno.
Después miró a Berta.
Y lentamente hizo algo que dejó sorprendidos a todos los que estaban en el salón.
Se puso de rodillas frente a ella.
Berta abrió mucho los ojos.
—¿Qué haces?
David tomó aire.
—Quiero preguntarte algo.
La niña no respondió.
—¿Te gustaría que alguien volviera mañana?
Berta apretó los labios.
—Sí.
—¿Y pasado mañana?
La niña comenzó a llorar.
—Sí.
David tragó saliva.
—¿Y dentro de un año?
Berta ya no pudo contener las lágrimas.
—Sí.
David extendió una mano, pero no la tocó hasta que ella se acercó por voluntad propia.
—Entonces quiero intentar ser esa persona que vuelve.
Berta lo miró con miedo.
—Pero todos dicen eso.
David asintió.
—Tienes razón.
La niña frunció el ceño.vid permaneció unos minutos en silencio.

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