Mi papá compró un depto de 4 recámaras y me olvidó al contar. Me mandó a dormir al balcón en un catre oxidado. Cuando vi mi firma falsificada para venderme a Dubái, hice mis maletas.

Mi papá compró un depto de 4 recámaras y me olvidó al contar. Me mandó a dormir al balcón en un catre oxidado. Cuando vi mi firma falsificada para venderme a Dubái, hice mis maletas…

— Hija, tú duérmete en el balcón. Eres la mayor, debes entender.

Eso me dijo mi propio padre mientras señalaba un catre viejo con las patas oxidadas y el colchón roto de una esquina.

Me llamo Daniela Hernández, tengo 22 años y estaba parada en medio de nuestro departamento nuevo en Juriquilla, Querétaro.

Cuatro recámaras.

Dos salas.

Cocina integral enorme y una vista completa a la ciudad.

Pero en todos esos metros cuadrados, no había un solo rincón planeado para mí.

Desde que tengo memoria, ser la mayor significó ser la última en la lista. Si es que me acordaban.

Mi papá, Roberto, trabaja en plataforma de Pemex. Se va seis meses y regresa en diciembre, antes de Navidad. Cada regreso era una fiesta para mis hermanos.

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