PARTE 1
—Tu esposa se está desangrando y tus tres hijos van a nacer de emergencia. ¿De verdad no vas a contestar?
Diego Salazar, asistente personal de Alejandro Cárdenas, sostuvo el celular frente a su jefe con una expresión que jamás se había atrevido a mostrarle.
Alejandro ni siquiera se levantó de la mesa.
Estaban en un restaurante privado de Dubái, frente a inversionistas extranjeros, copas de cristal y una vista espectacular de la ciudad. A su derecha, Fernanda Lozano, directora de expansión de su grupo educativo, acababa de apagar las velas de un pequeño pastel por su cumpleaños número 29.
En la pantalla del teléfono aparecían diecisiete llamadas perdidas desde Ciudad de México.
—Los médicos saben lo que hacen —respondió Alejandro, acomodándose el saco—. Mi presencia no va a sustituir a un cirujano. Diles que autoricen lo que sea necesario y que usen el mejor equipo.
Diego apretó la mandíbula.
—Señor, Mariana puede morir.
—Y yo tengo una negociación de cientos de millones de pesos que cerrar esta noche. Haz tu trabajo.
Cinco horas antes, Mariana Reyes estaba sola en la recámara principal de su casa en Lomas de Chapultepec.
Tenía treinta y tres semanas de embarazo de trillizos. Sus piernas estaban hinchadas, respirar le costaba trabajo y esa mañana el obstetra le había advertido que, por la placenta previa, cualquier sangrado podía convertirse en una emergencia.
Alejandro le había prometido regresar de Dubái dos días antes.
En vez de eso, le mandó un mensaje:
“Se retrasó la negociación. Te deposité $300,000. Compra lo que necesites. Rosa puede encargarse de los bebés.”
Ni una pregunta sobre su presión.
Ni una palabra sobre la revisión médica.
Mariana estuvo a punto de escribirle que tenía miedo.
Pero entonces apareció una historia de Instagram de Fernanda.
Un pastel.
Una copa de champaña.
Y una mano masculina cortando el postre.
Mariana reconoció el reloj que ella misma le había regalado a Alejandro por su quinto aniversario. También reconoció una pequeña cicatriz junto a su muñeca.
No había duda.
Mientras ella contaba los minutos para que sus hijos pudieran permanecer un poco más en su vientre, su marido celebraba el cumpleaños de otra mujer.
El dolor llegó segundos después.