—Está dulce. Sabes que odio el azúcar.
Mariana sonrió apenas.
—Sí. Sé perfectamente cómo tomas el café.
Lo miró directamente.
—Durante siete años preparé café negro sin azúcar porque tú lo preferías así. Y durante siete años lo tomé igual.
Alejandro guardó silencio.
—¿Sabes cómo me gusta a mí?
No respondió.
—Con leche y canela. Siempre lo odié amargo.
Mariana empujó hacia él la pulsera y el cheque.
—Ese fue nuestro matrimonio. Yo aprendí cada detalle sobre ti. Tú nunca preguntaste quién era yo.
Alejandro quiso levantarse, pero Mariana continuó:
—Y existe otra cosa que tampoco preguntaste.
Sacó una carpeta.
Siete años atrás, cuando ambos comenzaron el negocio desde un departamento rentado en la Narvarte, Mariana había diseñado la arquitectura pedagógica, los ejercicios interactivos y el sistema de aprendizaje que después convirtió al Grupo Cárdenas en una empresa multimillonaria.
Alejandro siempre lo llamó “unas ideas que hiciste cuando estabas aburrida”.
Pero Mariana había registrado legalmente sus materiales antes de que la empresa creciera.
Y la licencia otorgada a la compañía tenía una condición que él jamás se molestó en leer:
El permiso gratuito quedaba sujeto a ciertas condiciones contractuales y podía revocarse conforme a lo pactado si terminaba la relación jurídica entre las partes.
Alejandro palideció.
—No puedes hacer eso.
—Ya lo hice.
—Si suspendes el programa central, puedes hundir la empresa.
Mariana sostuvo su mirada.
—Entonces quizá nunca debiste construir un imperio sobre algo cuyo origen despreciabas.
Alejandro todavía quiso jugar su última carta.
—Pediré la custodia. Tú no has trabajado formalmente en años. Acabas de tener tres bebés. ¿Cómo vas a mantenerlos?
Mariana abrió otra carpeta.
—Página cuatro.
Alejandro leyó.
Y por primera vez desde que la conocía, sintió verdadero miedo.
Mariana había encontrado una estructura financiera en el extranjero vinculada al hermano de Fernanda y movimientos millonarios que nunca habían formado parte de las explicaciones patrimoniales presentadas a su esposa.
Pero eso no era todo.
En la última hoja aparecía el contrato de venta de un módulo educativo desarrollado exclusivamente por Mariana.
Valor después de impuestos:
más de setenta millones de pesos.
Alejandro levantó lentamente la vista.
Mariana ya tenía capital propio.
Una nueva casa.
Una empresa en formación.
Y pruebas suficientes para obligarlo a explicar años de movimientos financieros.