PARTE 1
—Si algún día ese camión te deja tirado, no esperes que yo me hunda contigo.
Mariana lo dijo sin levantar la voz. Andrés acababa de regresar de una ruta de tres días entre Guadalajara, San Luis Potosí y Querétaro. Eran casi las dos de la mañana. Traía los ojos rojos de cansancio y la camisa oliendo a diésel. Sobre la mesa estaban la hipoteca, la tarjeta y varios recibos perfectamente acomodados.
Andrés dejó un sobre con dinero frente a ella.
—Aquí está lo del mes. También me pagaron un viaje extra.
—No quiero viajes extra. Quiero una vida normal. Quiero saber cuánto va a entrar sin rezar para que no te duermas en la carretera.
Mariana era supervisora contable en una empresa de autopartes de Zapopan. Le gustaban los horarios, los presupuestos y todo lo que pudiera medirse. Andrés llevaba doce años manejando tráiler y había comprado un Kenworth usado después de ahorrar durante años. Lo cuidaba como a un hijo; Mariana lo veía como el símbolo de todo lo que odiaba de su matrimonio.
En los últimos meses, cada discusión terminaba igual. Mariana comparaba a Andrés con los esposos de sus compañeras: ingenieros, gerentes, hombres que cenaban en casa todos los días. Andrés le recordaba que gracias a las rutas habían pagado buena parte del enganche de la vivienda y sostenido meses difíciles. Ninguno mentía del todo. Él estaba cansado de la carretera; ella estaba cansada de esperar. El problema era que el miedo de Mariana había empezado a convertirse en desprecio, y Andrés comenzaba a sentir que sólo valía lo que depositaba en la cuenta.
—Ya encontré comprador —dijo Andrés—. Un conocido de Celaya. Con ese dinero liquidamos el crédito y pongo un pequeño taller aquí en Guadalajara. Se acabaron las rutas.
—Llevas tres años diciendo “se acabaron las rutas”.
Al día siguiente llegó Lucía, la hermana menor de Mariana, fisioterapeuta en una clínica de Tlaquepaque. Era tranquila, cálida y siempre se había llevado bien con Andrés.
Mariana salió rumbo al trabajo mientras ellos tomaban café.
—No escuches sus historias, Lucía. Mejor pregúntale cuándo va a dejar de jugarse la vida por unos pesos.