Lo encontré casi inconsciente junto a mi portón, con las manos cortadas y la ropa destrozada. Durante una semana solo escribió en un cuaderno porque supuestamente no podía hablar. Cuando le pregunté si alguien lo buscaba, negó con la cabeza. Horas después, su propia madre apareció diciendo: “Llevamos dos meses creyéndote muerto”… y yo dejé el lápiz sobre la mesa.

—Ya voy a vender el camión —respondió Andrés.

—Eso espero. Porque mi paciencia se acabó.

Una semana después, el comprador confirmó. Andrés sólo debía llevar el tráiler a un patio cerca de Celaya, firmar el traspaso y volver en autobús.

Antes de salir, Mariana lo abrazó por primera vez en meses.

—Ten cuidado.

Andrés arrancó convencido de que aquel viaje cerraba una etapa.

Nunca llegó.

A las 3:17 de la madrugada, Mariana recibió una llamada de un hospital de Irapuato. Otro tractocamión había invadido el carril contrario. Andrés estaba vivo, pero tenía fracturas múltiples, una lesión severa en la cadera y daño importante en una pierna.

El traumatólogo fue claro: habría cirugías, meses de rehabilitación y gastos que el seguro no cubriría por completo. Probablemente Andrés caminaría otra vez, pero manejar carga pesada sería casi imposible.

Mariana entró a la habitación.

Andrés apenas podía abrir los ojos.

—Mari… perdóname.

Ella no le tomó la mano.

—¿Cuánto debemos?

Él comenzó a llorar.

Mariana salió al pasillo, sacó el teléfono y llamó a un abogado. Lucía, que acababa de llegar, alcanzó a escuchar:

—Quiero iniciar el divorcio antes de que lo den de alta.

Lucía se quedó helada.

Pero al día siguiente Mariana regresó con algo todavía peor.

PARTE 2

Mariana entró al hospital con una carpeta azul, un bolígrafo y su anillo de bodas dentro de una bolsa.

Lucía estaba ayudando a Andrés a beber caldo. Él seguía con una pierna inmovilizada y apenas podía incorporarse.

Mariana dejó los papeles sobre la mesa.

—Aquí está la solicitud de divorcio. Si firmas, será más rápido.

Andrés la miró incrédulo.

—¿Ahora?

—No quiero pasar los próximos años pagando terapias, bañándote y fingiendo que esto no cambió nuestra vida.

Lucía se levantó.

—¡Es tu esposo!

—Era mi esposo cuando éramos una pareja. Esto ya no es una pareja.

Andrés cerró los ojos. Lo peor no era el dolor físico, sino escuchar a la mujer con la que había compartido once años describirlo como una deuda.

Dos días después, Mariana regresó con otro documento. La indemnización del accidente sería insuficiente y la casa seguía hipotecada. Propuso venderla y usar la parte de Andrés para pagar tratamientos.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *