Lo encontré casi inconsciente junto a mi portón, con las manos cortadas y la ropa destrozada. Durante una semana solo escribió en un cuaderno porque supuestamente no podía hablar. Cuando le pregunté si alguien lo buscaba, negó con la cabeza. Horas después, su propia madre apareció diciendo: “Llevamos dos meses creyéndote muerto”… y yo dejé el lápiz sobre la mesa.

Casi al cumplirse un año, Lucía llegó llorando porque en su clínica preparaban recortes. Andrés, apoyado en un bastón, puso una mano sobre su hombro.

—Si te quedas sin trabajo, saldremos adelante juntos.

—Mira quién habla —dijo ella entre lágrimas.

Rieron. Después se quedaron mirándose demasiado tiempo.

Andrés la besó.

Fue breve, torpe y lleno de culpa.

Lucía no se apartó.

Antes de que pudieran hablar, tocaron la puerta.

Era Mariana.

No había visitado a ninguno desde el divorcio.

Y venía con una noticia que podía volver a romperlos.

PARTE 3

Mariana estaba impecable, con un traje beige y una carpeta bajo el brazo. Cuando Lucía abrió la puerta, tardó unos segundos en reaccionar.

—¿Qué haces aquí?

Mariana miró por encima de su hombro y vio a Andrés de pie, apoyado en un bastón.

No esperaba encontrarlo así.

—Veo que mejoraste.

Andrés no contestó.

Mariana entró.

—La venta de la casa se cerró hace meses, pero el banco hizo una devolución de un seguro asociado al crédito. Hay una cantidad que corresponde a Andrés. El cheque llegó a mi domicilio anterior y necesito que firme de recibido.

La cifra era suficiente para varios meses de terapia y para iniciar algo pequeño por su cuenta.

Andrés leyó el documento y firmó.

No reclamó.

No le recordó el hospital.

No le preguntó por qué aparecía sólo porque un papel la obligaba.

Esa calma irritó a Mariana más que un insulto.

Entonces vio dos platos en la mesa, dos tazas, la chamarra de Andrés junto a la de Lucía.

—¿Ustedes están juntos?

Lucía se tensó.

Andrés respondió:

—Estamos tratando de entender qué somos.

Mariana soltó una risa seca.

—Claro. Ni un año y ya encontraste reemplazo.

—Tú pediste el divorcio cuando yo llevaba tres días hospitalizado.

—¡Eso no te da derecho a meterte con mi hermana!

Lucía dio un paso al frente.

—No pasó nada mientras estaban casados. Yo lo ayudé porque tú lo dejaste solo.

—Siempre quisiste demostrar que eras mejor que yo.

—No. Tú convertiste la compasión en una competencia.

Mariana tomó su bolso. Antes de salir, miró a Andrés.

—Ella te quiere porque te necesita roto. Cuando estés bien, se le va a pasar.

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