Lo encontré casi inconsciente junto a mi portón, con las manos cortadas y la ropa destrozada. Durante una semana solo escribió en un cuaderno porque supuestamente no podía hablar. Cuando le pregunté si alguien lo buscaba, negó con la cabeza. Horas después, su propia madre apareció diciendo: “Llevamos dos meses creyéndote muerto”… y yo dejé el lápiz sobre la mesa.

Lucía sonrió llorando.

—¿Eso fue un sí? —preguntó él.

—Sí, tonto.

Se casaron por lo civil meses después, con pocos invitados. La madre de ambas asistió, aunque le costó aceptar la relación. Algunos familiares murmuraron. Otros dejaron de hablarles.

Mariana no fue.

La boda fue sencilla: una comida familiar en un restaurante de Tlaquepaque, música baja y una mesa llena de gente que había acompañado la rehabilitación. Andrés caminó hasta Lucía sin ayuda durante unos metros y luego tomó su bastón, sin vergüenza. Para ambos, ese gesto valía más que cualquier fotografía perfecta.

Mariana se enteró por una prima. Fingió que no le importaba y dijo que estaba demasiado ocupada para dramas familiares. Sin embargo, esa noche cenó sola frente a los ventanales de su departamento y dejó el plato casi intacto.

Para entonces, ella había conseguido casi todo lo que deseaba. La nombraron directora financiera de una empresa del corredor industrial de El Salto. Se mudó a un departamento de lujo en Puerta de Hierro, compró una camioneta nueva y viajaba por trabajo.

Tenía dinero, estabilidad y prestigio.

Pero no tenía paz.

Tuvo dos relaciones importantes. La primera terminó porque el hombre estaba casado. La segunda, cuando él perdió su trabajo y cayó en una depresión.

Durante una discusión, Mariana le dijo:

—No puedo cargar con tus problemas.

En cuanto escuchó su propia voz, se quedó paralizada.

Había pronunciado casi la misma frase que le dijo a Andrés.

Esa noche buscó a Lucía en redes sociales. Encontró una foto familiar. Lucía estaba junto a Andrés, que aún usaba bastón, y ambos sonreían.

Mariana cerró la aplicación.

Se dijo que ellos vivían una vida pequeña y limitada.

La idea la hacía sentir mejor.

Hasta que una mañana de septiembre su camioneta no arrancó en el estacionamiento de una plaza de Zapopan.

Tenía una junta importante. Llamó al seguro. Le ofrecieron enviar un servicio móvil mientras llegaba la grúa.

Treinta minutos después apareció una camioneta blanca.

Mariana estaba contestando correos cuando escuchó:

—Buenos días. ¿La falla es que no enciende?

Levantó la vista.

El hombre llevaba pantalón de trabajo, camisa azul y una caja de herramientas. Tenía algunas canas y una leve cojera.

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