Lo encontré casi inconsciente junto a mi portón, con las manos cortadas y la ropa destrozada. Durante una semana solo escribió en un cuaderno porque supuestamente no podía hablar. Cuando le pregunté si alguien lo buscaba, negó con la cabeza. Horas después, su propia madre apareció diciendo: “Llevamos dos meses creyéndote muerto”… y yo dejé el lápiz sobre la mesa.

Pero estaba de pie.

—Andrés.

Él la reconoció.

—Hola, Mariana.

Durante varios segundos ninguno habló.

Ella recordó la última imagen que conservaba de él: inmóvil en una cama, mientras ella dejaba los papeles del divorcio junto a su anillo.

Andrés abrió el cofre.

—Intenta encender.

Nada.

Revisó la batería, ajustó una terminal y pidió que probara de nuevo.

El motor arrancó.

—Era falso contacto. Te conviene cambiar esa terminal pronto.

Mariana miró el rótulo de la camioneta.

—¿El negocio es tuyo?

—Sí.

—No sabía.

—Hace mucho que no sabemos nada uno del otro.

Él cerró el cofre.

Mariana sacó la cartera.

—¿Cuánto te debo?

—Lo cubre la asistencia.

—Déjame darte algo.

—No hace falta.

No había rabia en su voz.

Eso le dolió más.

Si Andrés la hubiera insultado, Mariana habría podido defenderse. Pero él ya no estaba peleando con ella. Aquella guerra sólo seguía viva en su memoria.

—Andrés…

Él esperó.

Antes de que pudiera decir algo, una mujer aparec

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