PARTE 1
—Córtale el vestido. Ya. Si esperamos un minuto más, se nos muere.
Las tijeras de trauma avanzaron desde el dobladillo hasta el cuello del vestido gris oscuro mientras el monitor lanzaba una alarma tras otra.
—Presión en sesenta sobre cuarenta —avisó la enfermera Raquel—. Saturación, setenta y ocho.
El doctor Ignacio Herrera, jefe de urgencias de un hospital privado de Guadalajara, no respondió. Llevaba casi treinta años entrando y saliendo de quirófanos y había aprendido a no desperdiciar palabras cuando alguien se estaba apagando frente a él.
La mujer sobre la camilla tenía el rostro hinchado, los labios amoratados y apenas podía mover aire.
Cuando Ignacio separó la tela a la altura del pecho, vio algo que le hizo olvidar durante dos segundos todos sus protocolos.
Justo debajo de la clavícula izquierda había un pequeño parche rectangular adherido a la piel.
Lo retiró con unas pinzas.
En la esquina aparecía impreso un nombre diminuto:
DEXOPRALINA.
Ignacio se quedó inmóvil.
Veinte años antes, aquella misma mujer casi había muerto después de recibir una mínima dosis del mismo principio activo. Su alergia era tan grave que desde entonces cargaba una tarjeta médica en la cartera.
Y él lo sabía porque había estado ahí.
También lo sabía el marido.
—Adrenalina. Preparen vía aérea. ¡Ahora!
La mujer se llamaba Elena Mendoza, tenía cincuenta y cuatro años y era amiga de Ignacio desde la preparatoria.
Pero no era solamente eso.
Era la esposa de Víctor Salgado, el hombre que había sido su mejor amigo durante más de cuarenta años.
Los tres habían estudiado juntos.
Víctor se había convertido en farmacéutico, dueño de tres farmacias en la zona metropolitana de Guadalajara. Ignacio, en cirujano. Elena había trabajado casi toda su vida administrando una pequeña empresa familiar.
Y durante décadas habían seguido viéndose en cumpleaños, navidades, comidas y reuniones donde todos fingían que ciertas cosas nunca habían existido.
A las cuatro de la mañana, Elena por fin estaba estable.
Ignacio colocó el parche en una bandeja estéril, la selló y ordenó que nadie lo tocara.
Veinte minutos después, Víctor apareció en urgencias.
Llegó con el abrigo abierto, el cabello perfectamente acomodado y el rostro de un esposo desesperado.