Estaba operando de urgencia a la esposa del hombre que había sido mi mejor amigo durante más de 40 años cuando, al cortar su vestido, encontré algo pegado a su piel que me heló la sangre. “Preparen adrenalina, ahora”, ordené. Horas después descubrimos que su marido conocía perfectamente aquella alergia mortal… y tres meses antes había contratado un seguro de vida por seis millones

Tenía la garganta irritada por el tubo, los ojos cansados y una marca roja debajo de la clavícula.

Mariana Robles esperó hasta que los médicos autorizaron una entrevista breve.

Veinticinco minutos después salió de la habitación con una expresión completamente diferente.

Ignacio estaba esperando en el pasillo.

—Fue Víctor —dijo ella.

Ignacio cerró los ojos.

Aunque ya lo sospechaba, escuchar esas palabras fue distinto.

—Ayer en la mañana —continuó Mariana— él le puso el parche. Le dijo que era un tratamiento de magnesio para las palpitaciones. Ella ni siquiera leyó el empaque.

—Porque confiaba en él.

—Exactamente.

Mariana abrió una carpeta.

—Y hay más.

Tres meses atrás, Víctor había contratado un seguro de vida a nombre de Elena por una cantidad considerable.

Beneficiario único: Víctor Salgado.

Además, una empleada de una de sus farmacias confirmó que él había retirado personalmente una caja de dexopralina del almacén sin registrarla correctamente.

—Faltaba una unidad —dijo Mariana—. Las demás siguen ahí.

Ignacio apretó los puños.

—¿Motivo?

La investigadora lo miró.

—Elena confirmó que Víctor mantiene una relación con otra mujer desde hace casi dos años.

Ignacio giró hacia la ventana.

No quería que Mariana viera lo que aquellas palabras provocaban en él.

Aquella noche entró a la habitación de Elena.

Ella estaba despierta.

—¿Ya sabes? —preguntó.

Ignacio asintió.

—Todo.

Elena tocó lentamente la marca en su pecho.

—Me lo puso él mismo.

Su voz se quebró.

—Me besó aquí… encima del parche. Y me dijo: “Cuida ese corazón, Lena”.

Ignacio tuvo que apartar la mirada.

—Treinta años —susurró ella—. Le planché camisas durante treinta años. Le preparé café cuando llegaba de madrugada. Sabía de la otra mujer y me quedé porque pensé que era una crisis. Pensé que envejecer juntos significaba aguantar.

Luego levantó los ojos.

—Y mientras yo estaba pensando cómo salvar nuestro matrimonio, él estaba calculando cuánto valía mi muerte.

Ignacio se sentó.

Durante un rato ninguno dijo nada.

Hasta que Elena preguntó:

—¿Por qué nunca te casaste?

Él se quedó inmóvil.

—No importa.

—Ahora sí importa.

—Elena…

—Durante toda mi vida hablaste como médico. Como amigo. Como el hombre correcto que nunca molesta a nadie. Por una vez dime algo que no venga de un protocolo.

Ignacio respiró profundamente.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *