PARTE 1
—Si mueres esta noche, mañana todo será mucho más sencillo para todos.
Escuché esa frase a las dos y doce de la madrugada, acostada en una habitación privada de una clínica en Santa Fe, sin poder mover ni un dedo.
Me llamo Valeria Cortés. Tengo treinta y ocho años y, hasta un mes antes, dirigía Grupo Cortés, la empresa de logística que mi padre levantó durante cuatro décadas. Vivía entre juntas, aeropuertos y llamadas que parecían no terminar nunca. Después empezó el hormigueo en mi mano derecha.
Primero creí que era cansancio. Luego dejé caer una taza de café porque ya no sentía los dedos. Una semana después no podía mover el brazo. A los quince días mis piernas dejaron de responder y, poco después, perdí la voz.
El doctor Ricardo Salgado, amigo de mi padre desde hacía veinte años, aseguró que padecía un extraño trastorno neurológico. Mi esposo, Andrés, prácticamente se mudó a la clínica. Dormía en un sillón, me limpiaba el rostro, acomodaba mis cobijas y me repetía que no me dejaría sola.
Mi hermana menor, Camila, también iba todos los días. Lloraba junto a mi cama y decía que cambiaría su vida por la mía si pudiera.
Yo me sentía aterrada, pero afortunada de tenerlos.
La situación también había dejado a la empresa en una posición delicada. Mi testamento protegía una parte del patrimonio, pero mientras yo estuviera incapacitada el consejo podía nombrar una dirección provisional. Camila era la siguiente accionista de la familia y Andrés, como mi esposo, tendría derechos sobre ciertos bienes personales. De pronto, todos tenían algo que ganar si yo dejaba de poder decidir.
Hasta esa madrugada.
La puerta se abrió despacio. Pensé que era una enfermera, pero la silueta que entró era la de Andrés.
No encendió la luz. Cerró con seguro, miró hacia el pasillo y sacó una jeringa de la chamarra.
Dentro había un líquido oscuro, casi negro.
Mi corazón se disparó.
Quise gritarle. Quise preguntarle qué estaba haciendo. Mi cuerpo, sin embargo, era una prisión.
Andrés se acercó al suero, detuvo el flujo y clavó la aguja en el puerto de la línea intravenosa.