Sentí un frío más intenso que el medicamento.
Camila sonrió.
—No llegarás a la asamblea de fin de mes.
Quise moverme. Golpearla. Hacer cualquier cosa.
—¿Y Andrés? —habría gritado si hubiera tenido voz.
Como si pudiera leerme el pensamiento, ella añadió:
—Y tu marido ya no es un problema. Anoche lo sacaron de la clínica. Insistía demasiado en revisar tus medicamentos.
Ahí algo dejó de encajar.
Si Andrés quería matarme, ¿por qué Camila necesitaba sacarlo?
Cuando por fin se fue, recordé un secreto.
Tres semanas antes, cuando aún podía mover parcialmente la mano, había empezado a sospechar que mi deterioro empeoraba después de ciertas visitas del doctor Ricardo. Le pedí a una enfermera joven que me comprara un teléfono barato. También hice que un antiguo técnico de confianza colocara una diminuta cámara dentro de una maceta decorativa frente a mi cama.
Con un esfuerzo que me hizo llorar, logré mover el índice derecho.
Después el pulgar.
Milímetro a milímetro saqué el teléfono escondido bajo el colchón.
Abrí la aplicación de la cámara.
Busqué las grabaciones de las noches anteriores.
Y entonces vi algo que me heló la sangre.
Camila y Ricardo entraban cuando yo dormía. Él sacaba pequeños frascos de su bolsillo y alteraba mi medicamento. En otro video, Camila preguntaba cuánto faltaba.
Ricardo respondió:
—Si mantenemos la dosis, parecerá una enfermedad degenerativa. Nadie buscará otra cosa.
Camila se acercó a mi cama y dijo:
—Tiene que estar incapacitada antes de la asamblea. Después, ya no importa cuánto dure.
Seguí avanzando el video hasta la madrugada anterior.
Vi a Andrés entrar después de ellos.
Pero antes de sacar la jeringa negra, hizo algo que yo no había visto desde la cama: tomó una muestra de mi suero, la guardó en un tubo y fotografió la etiqueta del medicamento que Ricardo había dejado.
Luego sacó el teléfono y leyó un mensaje.
Alcancé a distinguir dos palabras en la pantalla:
“ANTÍDOTO. URGENTE.”
Se me cortó la respiración.
Andrés no había entrado a matarme.
Había entrado a salvarme.
En ese momento, la puerta se abrió de golpe.
Camila estaba de regreso.
Y esta vez venía empujando una silla de ruedas.
PARTE 3
Camila cerró la puerta con el pie y dejó la silla junto a mi cama.