Me llevaron en silla de ruedas hasta una ventana del octavo piso y mi hermana me susurró que un “accidente” resolvería todos sus problemas. Yo fingí seguir completamente paralizada, porque si descubría que podía mover un dedo, jamás tendría oportunidad de conocer toda la verdad.

—Pensé que te vendría bien cambiar de vista —dijo con una dulzura falsa—. Tanto techo blanco debe aburrirte.

Yo escondí el teléfono bajo mi muslo justo antes de que se acercara.

Me levantó sin cuidado y me sentó en la silla. Después me llevó hasta el ventanal de la habitación, desde donde se veía buena parte de Santa Fe. Ocho pisos más abajo, los autos parecían juguetes.

Camila abrió la ventana apenas unos centímetros.

—¿Sabes qué sería muy conveniente? —murmuró—. Que una mujer desesperada por una enfermedad incurable decidiera terminar con todo.

Sentí que el estómago se me cerraba.

No necesitaba empujarme en ese momento. Bastaba con construir la historia: depresión, deterioro mental, incapacidad, un accidente.

Entonces tomó un vaso de agua y tres cápsulas rojas.

—Pero Ricardo prefiere algo más limpio.

Me sujetó la mandíbula.

Yo ya no estaba completamente paralizada. El líquido que Andrés me había inyectado durante la noche había despertado pequeñas respuestas en mis músculos. Eran débiles, dolorosas, casi inútiles, pero existían.

Camila no lo sabía.

Cuando intentó obligarme a tragar las cápsulas, reuní toda la fuerza que tenía en el cuello y escupí el agua.

El líquido le cayó sobre el vestido.

Camila se quedó inmóvil.

No por las cápsulas.

Por mí.

—Tú… —balbuceó—. Tú pudiste hacer eso.

Su cara perdió el color.

Me dio una bofetada y salió corriendo para buscar a Ricardo.

Yo sabía que acababa de gastar mi única ventaja.

Con la mano temblando, recuperé el teléfono. No podía llamar con normalidad, así que abrí el chat de mi abogado, Mauricio Vélez, el único directivo de la empresa que nunca había aceptado la versión de Camila sin hacer preguntas.

Escribí con enorme dificultad:

“ME ESTÁN ENVENENANDO. CAMILA Y RICARDO. HAY VIDEOS. NO AVISES A LA CLÍNICA. LLAMA A FISCALÍA. ANDRÉS ME AYUDÓ.”

Adjunté tres grabaciones.

El envío quedó marcado con una sola palomita.

Sin señal estable.

Volví a intentarlo.

Nada.

Escuché pasos.

Guardé el teléfono entre la sábana y el costado de la silla.

Ricardo entró furioso detrás de Camila.

Ya no parecía el amigo respetable de mi padre. Cerró la puerta, se quitó los lentes y me observó como quien descubre que un problema que creía resuelto acaba de regresar.

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