Antes de acercarse, las luces se apagaron.
La habitación quedó a oscuras.
Camila gritó.
Se encendió la lámpara de emergencia.
Y entonces escuché una voz desde la puerta.
—No la toques.
Andrés.
Tenía el rostro golpeado y la camisa arrugada.
—¿Cómo entraste? —gritó Camila.
—Por mantenimiento.
Ricardo se interpuso.
—Sal de aquí o llamo a seguridad.
—Llámala —respondió Andrés—. Y de paso explícale por qué las muestras de sangre de mi esposa tienen rastros de sustancias que no aparecen en su expediente.
El silencio fue absoluto.
Ricardo palideció.
Andrés levantó una pequeña bolsa de laboratorio.
—Anoche saqué una muestra antes de darle el antídoto. Un especialista independiente la analizó de urgencia. No es una enfermedad genética.
Camila retrocedió.
Yo quería llorar.
La sustancia negra que me había hecho creer que moría era una fórmula de rescate preparada para contrarrestar el bloqueo neuromuscular que me estaban provocando.
—Valeria —dijo mirándome—, perdóname. No podía explicártelo. No podías responder y ellos vigilaban todo.
Una lágrima bajó por mi mejilla.
No era perdón lo que sentía.
Era vergüenza por haber creído que me estaba matando y alivio porque el hombre al que defendí frente a mi padre no me había traicionado.
Camila reaccionó primero.
Intentó arrebatarle la bolsa.
Ricardo quiso llegar al suero.
Andrés se puso entre ellos y mi silla.
En medio del forcejeo, el teléfono cayó al piso.
La pantalla se encendió.
Camila lo vio.
Su expresión cambió.
—¿Qué es eso?
Se lanzó hacia él.
Yo moví el pie.
No mucho.
Apenas unos centímetros.
Pero fue suficiente para empujar el teléfono bajo la cama.
Los tres me miraron.
Camila abrió los ojos con terror.
—¡Está recuperando movimiento!
Ricardo se agachó para buscar el aparato.
En ese instante se escuchó un golpe seco en la puerta.
—¡Fiscalía! ¡Abran!
Mi mensaje finalmente había salido.
Mauricio había recibido los videos y, en lugar de llamar a la administración de la clínica, hizo exactamente lo que le pedí: acudió a la Fiscalía con el material y pidió que intervinieran antes de que pudieran moverme o destruir evidencia.
Dos agentes y personal ministerial entraron acompañados por un médico externo.
Camila comenzó a llorar.
Esta vez de verdad.