Nadie en esa casa sabía que Valeria Salcedo había renunciado voluntariamente a los privilegios de su familia después de una pelea con su padre. Ni que Javier, su hermano mayor, llevaba tres años intentando convencerla de regresar.
Ella quería saber si Diego la amaba sin dinero ni el peso de su apellido.
Ya tenía la respuesta.
Entonces se escucharon tacones bajando por la escalera.
Fernanda, la asistente de Diego, apareció con el cabello todavía húmedo y una bata de seda que claramente no pertenecía a una visita de trabajo. Levantó su teléfono y comenzó a grabar.
—No me hagan caso —dijo, riéndose—. Solo quiero guardar el momento en que la esposa perfecta demuestra hasta dónde llega por su “mamita”.
Luego se recargó en el hombro de Diego.
Y Diego, en lugar de apartarla, le rodeó la cintura.
Valeria dejó de llorar.
Miró el plato.
Miró el dinero.
Miró la mano de su esposo sobre la cintura de otra mujer.
Y lentamente empezó a ponerse de pie.
Nadie en esa sala podía imaginar lo que estaba a punto de ocurrir.
PARTE 2
—Si te levantas, no hay dinero —advirtió Graciela.
Valeria se incorporó por completo y se limpió las rodillas. Le temblaban las manos, pero ya no de miedo.
—Quédese con sus billetes.
—¿Qué dijiste? —gritó su suegra.
—Que se los quede. Y también quédese con su hijo.
Fernanda soltó una carcajada.
—Ay, por favor. ¿Ahora resulta que te vas a ir? ¿A dónde? Si no tienes ni para pagar un hospital.
Valeria sacó su viejo teléfono. Durante tres años había evitado marcar un número que conocía de memoria. Lo había evitado por orgullo, por terquedad y porque llamar significaba admitir que su experimento de vivir lejos de los Salcedo había fracasado.
Marcó.
Javier contestó al segundo tono.
—Vale.
Solo escuchar la voz de su hermano hizo que el pecho se le partiera.
—Javier, necesito que me ayudes. Teresa está grave. Hospital San Gabriel. Necesita cirugía esta noche.
Hubo un silencio breve.
—¿Cuánto falta?
—Setenta mil.
—Eso deja de ser un problema desde este segundo. Voy para allá. Y voy por ti.
Valeria respiró hondo.
—Trae al doctor Cárdenas, si está en la ciudad. Y por favor… no vengas solo.
Cuando colgó, Graciela se rio hasta toser.