PARTE 2
A las siete y media de la mañana siguiente desperté sobresaltada. Mi cuerpo esperaba escuchar la alarma de Ricardo. No sonó nada. Daniela había preparado café, pan tostado y fruta. —¿Dormiste bien, mamá? Miré la taza entre mis manos. —Creo que es la primera vez en veinte años que duermo sin estar pendiente de la respiración de alguien. Entonces llamó la farmacia especializada. La química que me conocía desde hacía años habló con cautela. —Señora Elena… esta mañana vino una mujer diciendo que ahora ella recogería los medicamentos del señor Ricardo. Cerré los ojos. —Valeria. —Supongo. El problema es que cuando traté de explicarle los horarios y las precauciones, me dijo que Ricardo le había contado que eran “prácticamente vitaminas”. Me quedé helada. Ricardo le había mentido. Para conquistarla había transformado una enfermedad crónica y seria en una pequeña molestia. —Ya estamos divorciados —expliqué—. Por favor, denle todas las instrucciones directamente a Ricardo. Si necesitan actualizar autorizaciones o documentación, que las gestione él. La mujer guardó silencio. Después dijo algo que todavía recuerdo: —Entonces ahora va a descubrir cuánto hacía usted. Ese mismo día me llamó la trabajadora social que durante años me había ayudado con trámites. Una autorización para su tratamiento especializado vencía pronto y faltaban documentos clínicos y administrativos. Yo conocía cada requisito. Ricardo probablemente ni sabía que aquel trámite existía. Pero esa vez no corrí al hospital. No imprimí estados de cuenta. No pedí constancias. No marqué a ningún médico. Por la tarde recibí un mensaje de Beatriz, su hermana. “Abandonar a un hombre enfermo siendo enfermera demuestra la clase de mujer que eres.” Durante cinco minutos escribí respuestas furiosas. Luego recordé una noche de años atrás cuando Ricardo tuvo una crisis y le rogué a Beatriz que se quedara con él unas horas porque yo debía trabajar. Su respuesta había sido: “Tú eres la enfermera. Resuélvelo.” Borré todo. Bloqueé el número. Mientras tanto, Ricardo comenzaba a descubrir su nuevo mundo. No encontró el organizador de medicamentos preparado. No sabía cuál debía tomar antes del desayuno. No sabía dónde guardaba los últimos informes. Y Valeria quería dormir. —Elena exageraba todo —dijo él, intentando tranquilizarse. Dos días después llegaron al hospital para la consulta. Ricardo esperaba entrar, saludar al especialista, obtener recetas y salir cinco minutos después rumbo a comer con Valeria. En recepción apareció el primer problema. —Señor, falta actualizar la preautorización de su tratamiento y necesitamos el informe médico solicitado por la aseguradora. —Busque en el sistema. Llevo años aquí. —El historial está aquí. El trámite nuevo, no. Ricardo comenzó a ponerse nervioso. Una hora después entró al consultorio. El doctor Alejandro Camacho observó su expediente. —¿A qué hora tomó hoy la piridostigmina? Ricardo permaneció callado. —No la tomé. El médico levantó la vista. —¿Por qué? —Hubo un problema en la farmacia. Pero un día no puede ser tan importante. La expresión del doctor cambió. Después preguntó: —¿Continúan los episodios de debilidad en la mano derecha? Ricardo frunció el ceño. —Yo nunca he tenido eso. El doctor abrió el cuaderno azul. —Su exesposa registró tres episodios la semana pasada. Valeria volteó bruscamente. —¿Qué episodios? El médico siguió. —También anotó dificultad para hablar después de las nueve de la noche y dos episodios de respiración superficial. —Ricardo… tú dijiste que estabas prácticamente recuperado. Él palideció. El doctor cerró el cuaderno. —Señor Ricardo, usted cree que su enfermedad ha sido fácil porque alguien se encargó durante años de que pareciera fácil. Y entonces soltó la frase que destruyó definitivamente su mentira: —Usted no ha estado manejando esta enfermedad durante veinte años. La estuvo manejando Elena. Valeria dejó de tomarle la mano. Pero el doctor aún no había terminado. Miró los estudios recientes y respiró profundamente. —Además, hay algo en sus resultados que necesitamos discutir inmediatamente. Ricardo dejó de sonreír. Y lo que escucharía a continuación cambiaría para siempre su idea de aquella “libertad” que tanto había celebrado.
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