Ella retrocedió.
Y entonces Lucía dijo algo que hizo que ambos adultos se quedaran completamente quietos.
—Mamá, ¿ese es el papel que dijiste que nunca debía ver el dueño?
Alejandro dejó de mirar a la niña.
Clavó los ojos en Mariana.
Porque acababa de comprender que los tres meses de renta atrasada quizá no eran la verdadera razón por la que esa familia estaba en problemas.
Y que alguien relacionado con su propia empresa podía saber exactamente lo que estaba pasando.
—Enséñeme ese documento —dijo.
Mariana respiró hondo, abrió lentamente la hoja y señaló una firma al final de la página.
Alejandro reconoció el nombre de inmediato.
Era alguien en quien llevaba años confiando.
Y justo cuando empezó a leer lo que esa persona había hecho con Mariana y Lucía…
Mariana le arrebató la hoja.
—Antes de seguir leyendo —susurró—, necesito decirle por qué su empresa quería que mi hija y yo abandonáramos este departamento.
Alejandro sintió que el estómago se le cerraba.
Porque él jamás había ordenado desalojarlas.
Y alguien había usado su nombre para hacerlo.
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El millonario llegó furioso a cobrar tres meses de renta atrasada… pero al abrirse la puerta encontró a una niña de siete años cosiendo hasta lastimarse las manos, y lo que había debajo del colchón cambió por completo el motivo de su visita
—Vengo por la renta. Son tres meses y hoy necesito una respuesta.
Alejandro Cárdenas golpeó con fuerza la puerta del departamento 4B de aquel viejo edificio en la colonia Doctores, en la Ciudad de México.
Nadie respondió.
Estaba a punto de llamar al administrador cuando escuchó unos pasos pequeños detrás de la puerta.
Se abrió apenas unos centímetros.
Alejandro esperaba encontrarse con una adulta llena de excusas.
En cambio, vio a una niña de unos siete años.
Tenía el cabello café despeinado, una playera vieja cubierta de hilitos de colores y unas ojeras que no correspondían a alguien de su edad.
—¿Está tu mamá?
La niña negó lentamente.
Alejandro miró hacia el interior y algo le llamó la atención.