Sobre una mesa había una máquina de coser antigua, retazos de tela, carretes y varias prendas a medio terminar.
—¿Tú estabas cosiendo?
La pequeña bajó la mirada.
—Sí.
Fue entonces cuando Alejandro vio sus dedos.
Tenía pequeñas marcas de aguja y un curita improvisado alrededor del índice.
Su enojo desapareció.
—¿Cómo te llamas?
—Lucía.
—¿Y tu mamá?
—Mariana.
La niña abrió un poco más la puerta.
El departamento estaba casi a oscuras. Había un colchón delgado en la sala, una olla vacía sobre la estufa y varias cajas de medicamentos junto a un vaso de agua.
Alejandro sintió un nudo en el estómago.
Él conocía esa clase de casa.
Antes de convertirse en dueño de una empresa inmobiliaria, había crecido viendo a su propia madre contar monedas para decidir entre pagar el gas o comprar comida.
Pero hacía años que había conseguido olvidar cómo se sentía.
—¿Tu mamá está enferma?
Lucía asintió.
—Fue a una consulta.
Luego regresó a la máquina.
—Tengo que terminar estas blusas hoy.
—¿Por qué?
—Porque la señora paga $35 pesos por cada una.
Alejandro miró las prendas apiladas.
—¿Y tú las haces?
—Mi mamá hacía más. Ahora se cansa mucho.
Aquella respuesta le cayó peor que cualquier reclamo.
Alejandro había llegado pensando únicamente en los casi $18,000 pesos de renta atrasada.
Ahora estaba mirando a una niña intentando ganar unas monedas para sostener su casa.
—Mi mamá guardó dinero para usted —dijo Lucía de pronto.
Corrió hacia el colchón.
Metió la mano debajo y sacó un sobre arrugado.
—Me dijo que si venía el dueño se lo entregara.
Alejandro lo abrió.
Había $720 pesos.
También encontró una hoja doblada.
Era una lista escrita a mano:
“Medicinas: $1,460.”
“Consulta: $600.”
“Despensa: $840.”
“Renta: lo que alcance.”
Al final había una frase:
“Perdón, señor Cárdenas. No estoy huyendo. Solo necesito un poco más de tiempo.”
Alejandro cerró los ojos.
Sacó varios billetes de su cartera y los dejó sobre la mesa.
Lucía los vio.
—No puedo agarrarlos.
—¿Por qué?
—Mi mamá dice que nunca debemos tomar dinero que no ganamos.
Alejandro se quedó sin respuesta.
Lucía volvió a coser.
La máquina comenzó a sonar otra vez.
Tac, tac, tac.
Sus pequeños pies movían el pedal cada vez más despacio.