El golpe resonó por toda la sala.
—¿Comercialización significa venta?
—Laura…
Me giré hacia Mauricio.
—No te pregunté a ti.
Arturo respiró hondo.
—Sí. Una posible venta.
No grité.
No lloré.
Eso pareció poner más nerviosos a todos.
—¿Quién solicitó venderla?
Arturo miró directamente a Mauricio.
No necesitaba escuchar la respuesta.
Pero quería escucharla.
—El señor Salgado inició el contacto.
Asentí.
—Entiendo.
Mauricio levantó las manos.
—No iba a venderla sin ti.
—Entonces explícame por qué una inmobiliaria está parada en mi puerta a las cinco de la mañana.
—Porque necesitábamos una valuación.
—¿Necesitábamos?
Teresa se acercó.
—Laura, ya basta de tratar a Mauricio como un delincuente.
La miré.
—Estoy tratando de averiguar por qué mi esposo intentó poner en venta una casa que compré antes de conocerlo.
—Nadie intentó robarte nada.
Arturo intervino con cautela.
—Para concretar una operación se necesitaría acreditar la propiedad y cumplir con las formalidades correspondientes. Nosotros todavía estábamos en una etapa preliminar.
Aquello confirmó algo importante.
No podían simplemente vender mi casa porque Mauricio quisiera.
Pero también significaba que alguien había avanzado bastante en el proceso.
—¿Ya hay comprador?
Arturo dudó.
Mauricio respondió demasiado rápido.
—No.
La mujer que acompañaba al agente levantó la mirada.
Fue apenas un segundo.
Pero lo vi.
—Usted —le dije—. ¿Hay comprador?
Mauricio dio un paso.
—Laura.
—Estoy hablando con ella.
La mujer miró a Arturo.
Él cerró los ojos por un instante.
—Existe una persona interesada —admitió.
Mi estómago se apretó.
—¿Cuánto ofreció?
—Laura, por favor —dijo Mauricio.
—¿Cuánto?
Arturo revisó su carpeta.
—Cuatro millones cuatrocientos mil pesos.
Casi me reí.
La casa valía bastante más.
—¿Y por qué aceptarían una oferta tan baja?
Nadie respondió.
Hasta que Mariana murmuró:
—Porque necesitaban el dinero rápido.
Teresa volteó furiosa.
—¡Cállate!
Toda la sala quedó inmóvil.
Miré a Mariana.
—¿Quién necesitaba el dinero?
Mariana empezó a llorar.
Teresa golpeó la mesa con la palma.
—¡Te dije que no te metieras!
—Mamá, esto ya se salió de control.
Mauricio se pasó las manos por el cabello.
—Mariana, no.
Pero ella me miró.
—No era para nosotros.
—¿Entonces para quién?
—Para Mauricio.
Sentí que el aire se volvía pesado.
Miré a mi esposo.
—¿Qué hiciste?
Mauricio se dejó caer en el sillón.