PARTE 1
—Como acabas de dar a luz, no necesitas la camioneta. Fernanda sí la necesita para su boda, así que ya decidimos que se la quede ella.
Eso me dijo mi suegra por teléfono mientras yo seguía internada con mi hija recién nacida dormida sobre el pecho.
Pero para entender por qué esas palabras no me hicieron llorar, sino abrir inmediatamente la aplicación del rastreador de mi camioneta, tengo que contar lo que había pasado antes.
Me llamo Mariana, tengo treinta y cuatro años y trabajo como perito valuador de vehículos en Guadalajara. Mi camioneta gris no era un lujo ni un regalo de mi esposo. La compré tres años antes de casarme con Daniel, después de ahorrar durante años revisando autos chocados, peleando valuaciones con aseguradoras y trabajando fines de semana enteros.
Mi papá, Ernesto, fue conmigo a comprarla.