Pasaron veinte minutos. Luego escuché la puerta abrirse.
Pasos ligeros subieron la escalera. Αlguien entró a mi recámara. El colchón se hundió.
Primero fue un sollozo ahogado. Luego otro. Después una voz rota dijo:
—Por favor… ya basta.
Era Lucía.
Mi hija, que debía estar en la prepa, estaba sentada sobre mi cama llorando como si el mundo