Puso su teléfono sobre la barra, frente a ella. Brenda lo agarró y en segundos se puso roja como un tomate. Eran anuncios de cuartos en renta.
—¿Me estás buscando departamento?
—Cuartos —corrigió él—. No departamentos.
—¡No puedes hacer eso, Joaquín! Natalia, ¿vas a dejar que tu esposo me eche estando sin trabajo y sin dinero?
Aparté las tostadas del fuego antes de que se quemaran.
—Nadie te está echando. Pero un arreglo temporal necesita un final. Por eso se llama temporal. Te pedí algo en mi casa, más de una vez, y en lugar de respetarlo decidiste que yo tenía que convencerte de que mi límite era razonable.
—¡Y tú me tratas como si fuera peligrosa! —le gritó a Joaquín—. ¡Sales corriendo cada vez que entro!
—La primera vez me fui porque no sabía dónde mirar —respondió él, tranquilo—. Después de que Natalia te pidió que pararas y seguiste, me iba por otra razón: no pensaba ser parte de tu experimento. Querías usarme como prueba en una pelea con mi esposa. Cada vez que armabas la escena, yo me salía de ella. Eso no era tentación. Era negarme a ser tu utilería.
Por una vez, Brenda no tuvo respuesta. Luego Joaquín me miró, un poco culpable.
—Y te debo una disculpa. Me dije que “mantenerme al margen” era dejarte manejar a tu hermana. En realidad te dejé sola defendiendo algo que nos afectaba a los dos.
Algo en mi pecho se aflojó.
—Qué maravilla —bufó Brenda—, ahora ustedes tienen una revelación matrimonial. ¿Puedo ir a ponerme ropa?
—Por favor.
—Brenda —la detuve—. Uno de esos cuartos está disponible ya. La dueña puede mostrarlo esta tarde. Ya le escribí.
—No me voy a mudar ahí.
—Entonces no lo hagas. Seguiremos buscando. Pero vamos a ir a verlo. No te pido que tengas la vida resuelta mañana. Te pido que des pasos.
Subió y cerró la puerta con fuerza. Veinte minutos después bajó en jeans y sudadera y dejó caer sobre una silla la bata más fea de la casa: una de franela rosa, desteñida, con gatitos estampados y una manga encogida.
—Ahí está. ¿Contenta?
—Encantada.
El cuarto de Mariela
Esa tarde fuimos a ver el cuarto. La dueña era Mariela, una diseñadora gráfica de la edad de Brenda que trabajaba desde casa. Era una casa pequeña pero limpia, de esas limpias de verdad, vividas.