Pero Mateo estaba demasiado tranquilo.
Eso me llamó la atención.
Durante varios días casi no mencionó la bicicleta.
El sábado por la mañana apareció en la cocina mientras yo tomaba café.
—Papá, ya no hagas nada con Rogelio.
Levanté la mirada.
—¿Cómo que no haga nada?
—Yo ya lo arreglé.
Dejé la taza sobre la