Por la mañana llamé al refugio y dije que no iríamos. También renuncié a aquella habitación barata. Tenía menos de doscientos euros en la cuenta, faltaban casi dos semanas para cobrar y no tenía ni idea de qué iba a hacer. Pero aquella mañana, por primera vez, no tuve ninguna duda sobre mi decisión.
Unos días después le conté mi situación a una compañera de trabajo. Recordó que su tía alquilaba un pequeño apartamento de una habitación en las afueras. Cuando fui a verlo, llevé a Murka conmigo porque ya no quería ocultarle a nadie que tenía perro. La propietaria se agachó, acarició su hocico canoso y preguntó cuántos años tenía. Cuando se lo dije, sonrió: «A su edad dormirá más de lo que molestará. Venid las dos».
Ya llevamos tres meses viviendo allí. El piso es pequeño, en la cocina apenas cabe una persona y ahora tardo más en llegar al trabajo. Pero junto a mi cama está la camita de Murka, por el suelo anda tirado su pollo de goma sin una pata y por las noches la escucho roncar suavemente bajo su vieja manta. Cada vez que recuerdo aquella bolsa junto a la puerta pienso en lo cerca que estuve de tomar una decisión de la que probablemente me habría arrepentido toda la vida.
Durante once años, Murka nunca supo cuánto ganaba, en qué tipo de casa vivía ni cuánto dinero tenía en el banco. Solo necesitaba una cosa, que yo estuviera a su lado. Aquella noche comprendí por fin que yo necesitaba exactamente lo mismo de ella. ❤️
¿Qué habríais hecho vosotros en mi lugar? ¿Seríais capaces de entregar a un animal que ha pasado prácticamente toda su vida a vuestro lado? Contadme qué pensáis en los comentarios.