Aquella tarde lavé la manta de Murka y empecé a preparar sus cosas. Guardé su cuenco, sus medicinas, la correa y un pollo de goma al que hacía mucho tiempo que le faltaba una pata. Incluso escribí en una hoja que Murka tenía miedo de la aspiradora, que no le gustaba que le tocaran las patas traseras y que por las mañanas lo primero que quería era salir a la calle. Fue entonces cuando comprendí lo que realmente estaba haciendo. No estaba escribiendo información sobre un perro. Estaba dejando instrucciones a un desconocido sobre cómo vivir con mi Murka.
Aquella noche tardé mucho en dormirme, pero finalmente me venció el sueño. Alrededor de las cuatro de la madrugada me desperté porque Murka estaba junto a la cama, empujándome con el hocico y gimiendo. Le dije que volviera a dormir, pero empezó a ladrar. Murka casi nunca ladra por la noche, así que me incorporé y entonces noté un extraño olor a quemado. Salí al pasillo y vi que salía humo de la cocina.
Un viejo alargador junto al frigorífico había empezado a recalentarse. El plástico ya se estaba derritiendo y el borde de una estantería de madera cercana estaba ennegrecido. Corté la electricidad, apagué lo que empezaba a arder y abrí las ventanas. Solo entonces me senté en el suelo de la cocina y me di cuenta de que Murka había permanecido a mi lado todo el tiempo. Temblaba, pero no se había separado de mí.
Entonces vi junto a la puerta la bolsa que había preparado para ella. Dentro de unas horas iba a llevar al refugio al perro que acababa de despertarme por el humo. Cogí a Murka en brazos, la apreté contra mí y por primera vez en toda aquella semana me permití llorar de verdad. Ella, como siempre, simplemente se acurrucó contra mí y empezó a lamerme la mano.
Por la mañana llamé al refugio y dije que no iríamos. También renuncié a aquella habitación barata. Tenía menos de doscientos euros en la cuenta, faltaban casi dos semanas para cobrar y no tenía ni idea de qué iba a hacer. Pero aquella mañana, por primera vez, no tuve ninguna duda sobre mi decisión.
Unos días después le conté mi situación a una compañera de trabajo. Recordó que su tía alquilaba un pequeño apartamento de una habitación en las afueras. Cuando fui a verlo, llevé a Murka conmigo porque ya no quería ocultarle a nadie que tenía perro. La propietaria se agachó, acarició su hocico canoso y preguntó cuántos años tenía. Cuando se lo dije, sonrió: «A su edad dormirá más de lo que molestará. Venid las dos».