Ser padre viudo y cirujano en un hospital metropolitano te obliga a vivir con una culpa constante.
Desde que mi esposa falleció en un accidente de tránsito tres años atrás, mi rutina se convirtió en una carrera contra el reloj: guardias de veinticuatro horas en quirófano, emergencias a mitad de la madrugada y la angustia permanente de saber que mis dos pequeños, Mateo y Sofía, crecían prácticamente al cuidado del personal doméstico.
Por esa razón contraté a Marta.
Tenía treinta años, vestía siempre un uniforme impecable de falda azul y delantal blanco, hablaba con un tono pausado y traía cartas de recomendación intachables de agencias internacionales. Durante los primeros seis meses, la casa parecía funcionar como un reloj suizo: los uniformes escolares limpios, las cenas calientes a tiempo y las tareas revisadas.
Sin embargo, a principios de otoño, el comportamiento de mis hijos se resquebrajó de una manera sutil pero perturbadora.
Mateo, de ocho años, comenzó a orinarse en la cama. Sofía, que apenas tenía seis, se despertaba gritando en medio de la noche con terrores nocturnos inexplicables. Cuando les preguntaba qué ocurría, ambos bajaban la mirada y se aferraban a mis brazos. Una mañana, antes de salir a guardia, mi hijo me jaló de la bata blanca con los ojos empapados en lágrimas:
—Papá… por favor, quédate. No nos dejes solos en la casa cuando caiga el sol.
Comencé a notar ligeros moretones en las muñecas de Mateo y un silencio tenso cada vez que Marta entraba a la cocina. Marta siempre tenía una justificación serena: que los niños se habían caído en el jardín jugando, que estaban sensibles por la ausencia de su madre, que solo era una etapa de apego.
Pero mi instinto de médico y de padre se encendió. No podía seguir viviendo en la incertidumbre.
Aprovechando una mañana libre, compré un sistema de circuito cerrado de grado pericial: cámaras diminutas camufladas en las molduras del techo y detectores de ángulo cenital. Instalé el lente principal en la esquina superior del vestidor de mi recámara principal, apuntando estratégicamente hacia el clóset y con perspectiva directa a la cama matrimonial y a la puerta de entrada.
Ese jueves por la tarde, mientras revisaba expedientes posoperatorios en la clínica, mi teléfono vibró sobre el escritorio con tres alertas consecutivas de intrusión.