Nos miramos y casi nos entró la risa. Los dos estábamos intentando demostrar que lo nuestro iba en serio viviendo de una manera que ninguno de los dos necesitaba de verdad.
Ernesto encontró otro piso a quince minutos andando del mío.
El día que se llevó las últimas cajas, lloré. Él también estaba emocionado. Por un momento parecía que estábamos terminando una relación que ninguno quería terminar.
Pero esa misma noche me llamó.
-¿Mañana desayunamos juntos?
Le dije que sí.
De eso hace nueve meses. Seguimos juntos. Cada uno tiene la llave de la casa del otro. Pasamos noches juntos y hay semanas en que prácticamente no nos separamos. Pero también tenemos nuestras camas, nuestros armarios y nuestras mañanas en silencio.
Hace poco Ernesto volvió a decir la frase con la que empezó todo: «A nuestra edad no tiene sentido mantener dos casas». Y luego se rió.
-Aunque a lo mejor sí.
Yo también me reí.
A los veinte años habría pensado que querer a alguien era querer compartirlo todo. A los 72 he descubierto que puedo querer muchísimo a una persona y, aun así, necesitar algunas noches cerrar la puerta de mi casa sabiendo que detrás solo estoy yo.
No siento que lo nuestro sea menos serio por eso. Quizá, simplemente, hemos dejado de intentar que se parezca a la vida que tuvimos con otras personas.
¿Vosotras qué pensáis? ¿Una pareja que se quiere debería acabar viviendo junta, o después de muchos años de independencia tener dos casas puede ser justo lo que hace que la relación funcione?
Si esta historia os ha llegado, compartidla con la gente que queréis.