El estacionamiento de la escuela era un caos: autos, niños y padres saludando. Junie me estrechó la mano mientras nos dirigíamos hacia la entrada.
—¡Ahí está! —susurró, con los ojos muy abiertos.
“¿Dónde?”
Junie señaló: “¡Junto al árbol grande, mami! ¿Ves? ¡Esa es su mamá, y esa señora está de vuelta con ellos!”
“¡Ahí está!”
Seguí la mirada de mi hija y contuve la respiración. Una niña pequeña, idéntica a Junie, estaba de pie junto a una mujer con un abrigo azul oscuro. El rostro de la mujer estaba tenso mientras nos observaba.
Sentí un nudo en el estómago.
Y justo detrás de ellos, estaba una mujer que pensé que nunca volvería a ver.
Marla, la enfermera. Era mayor, pero jamás olvidaría esos ojos. Permaneció en mi mente como una sombra.
Tiré suavemente de la mano de Junie. “Vamos, tienes que correr, cariño.”
Saltó hacia atrás gritando: “¡Adiós, mamá!”. Lizzie corrió hacia ella y enseguida le susurró secretos.
Seguí la mirada de mi hija.