PARTE 2
Dentro del sobre había una escritura notarial. La leí 3 veces porque mi cabeza se negaba a entenderla: un departamento de 42 m² en la colonia Portales, en Ciudad de México, acababa de ser donado legalmente a mi nombre. No era una promesa. No era “si me portaba bien”. No estaba condicionado al matrimonio. Ya era mío. —Hay algo más —dijo don Valentín. Al fondo del sobre encontré una carta escrita a mano. “Mariana: si estás leyendo esto, significa que el peor momento ya pasó. No te casaste conmigo para pagar la deuda de tu padre. Tampoco para cuidarme. Mucho menos para compartir mi cama. Yo necesitaba que Mauricio y Julián creyeran que su negocio había funcionado mientras mis abogados dejaban todo fuera de su alcance”. Levanté la vista. —¿Por qué? —Sigue leyendo. La carta decía que mi padre no podía tocar el departamento porque la donación había sido firmada de forma independiente y bajo asesoría notarial. También había una cuenta educativa para cubrir materiales, transporte y gastos mientras yo estudiara. Don Valentín había investigado mis calificaciones de bachillerato y sabía que yo todavía podía competir por un lugar en Medicina. Sentí vergüenza, alivio y rabia al mismo tiempo. —Usted no me conoce —le dije—. ¿Por qué haría esto por mí? Él miró hacia la ventana. —Porque conocí a tu madre mucho antes de que tú nacieras. Seguí leyendo. En 1987, don Valentín dirigía una planta metalúrgica en Tlalnepantla. Tenía 54 años. Una mañana sufrió un infarto en la entrada de la fábrica. Cayó sobre el pavimento y nadie supo qué hacer. La ambulancia quedó atrapada entre tráfico y obras. Una estudiante de enfermería de 21 años, que realizaba prácticas en el consultorio de la planta, corrió hacia él. Se llamaba Teresa Hernández. Mi mamá. La carta decía que ella hizo maniobras de reanimación durante casi 40 minutos, sin detenerse, hasta que llegó la ambulancia. Después visitó el hospital una sola vez. Don Valentín quiso regalarle dinero. Ella se negó. “Solo hice mi trabajo”, le respondió. Yo ya estaba llorando cuando llegué a una línea subrayada: “Tu madre me regaló 40 minutos de fuerza cuando mi vida dependía de ellos. Yo llevo más de 30 años intentando devolverle ese tiempo”. —Pero mi mamá murió hace 6 años —murmuré. Don Valentín asintió. —La encontré demasiado tarde. La siguiente página explicaba que había contratado a investigadores para localizarla y que, cuando supo de su muerte, buscó a su familia. Así descubrió mi situación, las deudas de mi padre y la existencia de Mauricio. Pero entonces encontré otra hoja, una que no estaba escrita por don Valentín. Era un recibo firmado por mi padre. Había aceptado $200,000 no como adelanto de mi manutención, sino como “comisión de entrega”. Sentí náuseas. Y debajo del recibo había una grabación transcrita en la que mi padre decía algo todavía peor. Don Valentín me pidió que respirara antes de leerla. No sabía que esas 6 líneas iban a destruir para siempre la última excusa que yo todavía inventaba para seguir llamándolo “papá”.