—¿Todavía esperando que despierte? Qué patético, Walter. De verdad no sabes cuándo rendirte.
Walter permaneció callado.
Lisa se acercó a mi cama.
—Está bien. Ya que estás tan decidido a quedarte aquí, voy a contarte un pequeño secreto sobre tu abuela.
Mantuve los ojos cerrados.
Obligué a mi respiración a seguir lenta.
Entonces mi hija dijo:
—Cuando salga de aquí, si es que sale, tú ya no vas a regresar a su casa.
Sentí que el corazón me daba un golpe.
Walter habló.
—Sí voy a regresar.
—No.
La voz de Lisa era tranquila.
Demasiado tranquila.
—Tu abuela ya no puede cuidarte. Tiene sesenta y un años, ve mal y acaba de estrellar el auto. ¿Crees que un juez va a dejarte con ella después de esto?
—Fue un accidente.
—Eso no importa.
Escuché cómo arrastraba una silla.
—Pronto vas a vivir conmigo.
Walter empezó a llorar.
—No quiero.
—Te acostumbrarás.
—Mi abuela dijo que siempre viviríamos juntos.
Lisa soltó un suspiro.
—Tu abuela dice muchas cosas.
Después bajó la voz.
—Además, cuando ella despierte probablemente ni siquiera recuerde bien lo que pasó.
Mis dedos quisieron cerrarse.
No lo permití.
—Y si no despierta —continuó Lisa—, todo será mucho más sencillo.
Walter respiró entrecortadamente.
—No digas eso.
—Entonces deja de actuar como un bebé.
Hubo un silencio.
Después Lisa añadió:
—Te lo expliqué ayer. Y antes de ayer. No voy a repetirlo cinco veces.
Cinco veces.
Eso significaba que llevaba días diciéndole aquello mientras yo estaba inconsciente.
Walter habló tan bajo que casi no lo escuché.
—¿Por qué preguntaste por sus lentes?
Lisa dejó de moverse.
—¿Qué?
—Antes del accidente.
Silencio.
—Me preguntaste si la abuela siempre manejaba con los lentes viejos.
Sentí frío.
Lisa respondió enseguida.
—No recuerdo eso.
—Sí lo hiciste.
—Walter, tienes nueve años. Confundes cosas.
Después escuché su bolsa.
—Tengo que irme.
Sus pasos se acercaron.
Sentí un beso rápido sobre mi frente.
—Recupérate, mamá.
La puerta se cerró.
Esperé.
Walter tocó mi brazo.
—Ya se fue.
Abrí los ojos.
Él estaba llorando.
—¿Cuánto tiempo lleva diciéndote eso?
—Desde que llegamos.
—¿Que vas a vivir con ella?
Asintió.
—También vino una señora.
—¿Qué señora?
—Dijo que era trabajadora social.
Mi estómago se cerró.
—La tía Lisa le dijo que tú ya no podías cuidarme.