PARTE 2: El billete que nunca olvidó

Valeria se levantó de la mesa.

—¿Ocurre algo, señor Rogelio?

El gerente miró primero a Mateo y después a ella.

—A la oficina.

El tono no dejaba espacio para discutir.

Valeria dejó la bandeja en la barra y siguió a Rogelio hasta el pequeño despacho detrás de la cocina.

—¿Qué pasa?

Rogelio cerró la puerta.

—Tengo que hacerte una pregunta.

—Claro.

—¿Conoces realmente al señor Alcázar?

Valeria frunció el ceño.

—Es cliente habitual.

—No me refiero a eso.

Rogelio se acomodó los lentes.

—Ayer llamó alguien de su oficina.

—¿Por qué?

—Preguntaron por ti.

La expresión de Valeria cambió.

—¿Por mí?

—Sí.

Hubo un silencio incómodo.

—¿Hice algo malo?

Rogelio negó con la cabeza.

—Todo lo contrario.

Sacó un sobre de un cajón.

—Me pidieron entregarte esto si alguna vez preguntabas por el señor Alcázar.

Valeria miró el sobre sin tocarlo.

—¿Qué es?

—No lo sé.

Ella regresó la mirada hacia el café.

Mateo seguía sentado junto a la ventana.

Esperando.

Como si supiera que aquel momento finalmente había llegado.

Valeria tomó el sobre.

Volvió a su mesa.

—¿Esto es suyo?

Mateo asintió.

—Sí.

—¿Por qué dejó esto aquí?

—Porque sabía que algún día preguntarías.

Valeria abrió el sobre con cuidado.

Dentro había un billete antiguo de 200 pesos.

No era nuevo.

Estaba doblado y protegido dentro de una pequeña funda transparente.

Debajo había una fotografía.

Una mujer joven.

Una madre.

Y un niño de unos diez años.

Mateo.

Valeria levantó la vista.

—¿Ella es su mamá?

Él asintió lentamente.

—Sí.

Durante unos segundos solo se escuchó el ruido de las tazas y las conversaciones del café.

—Hace 25 años —comenzó Mateo— mi padre perdió todo.

Valeria guardó silencio.

—No era un hombre malo. Simplemente tomó malas decisiones. Una empresa quebrada, deudas y demasiadas personas esperando cobrar.

Miró el billete.

—Mi madre enfermó y no teníamos dinero para el tratamiento.

—¿Y qué pasó?

Mateo respiró profundamente.

—Un día ella se desmayó en la calle.

Valeria apretó la fotografía.

—Yo tenía diez años. Corrí buscando ayuda. Entré a una farmacia, pero no tenía suficiente dinero para comprar el medicamento que necesitaba.

—¿Cuánto faltaba?

Mateo sonrió apenas.

—200 pesos.

Valeria entendió.

—¿Quién se los dio?

Mateo miró hacia la ventana.

—Una mujer que estaba limpiando mesas en un pequeño restaurante.

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