Victor no llegó a la puerta.
Dos guardias se interpusieron.
—Solo necesito aire —murmuró.
—Siéntese —ordenó el director.
Mi hermano seguía abrazado a mamá.
Me arrodillé frente a él.
—Ethan, mírame. ¿Qué viste?
Tenía ocho años ahora.
Pero aquella noche apenas tenía dos.
Por eso nadie había pensado que pudiera recordar algo útil.
—Papá estaba gritando con el tío Victor.
Una toalla blanca.
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Los zapatos mojados de Victor.
Nunca había entendido qué significaba.
Hasta tres semanas antes, cuando encontró una caja de fotografías familiares en casa de nuestra abuela.
En una imagen aparecía Victor usando aquellos mismos zapatos.
Entonces recordó otra cosa.
—Había barro rojo.
Los investigadores regresaron a los archivos.
La noche del homicidio había llovido.
Y junto a una puerta lateral de nuestra casa se habían fotografiado pequeñas manchas de tierra rojiza.
El informe original las descartó porque la familia entraba habitualmente por allí.
Pero Victor había declarado que aquella noche jamás estuvo en nuestra casa.
Eso ya era una contradicción.
Después apareció otra.
Victor había dicho que recibió la noticia de la muerte de mi padre a las 11:42.