«Mi amor, alguna vez me dijiste que no querías sentirte como una mujer enferma todos los días. Por eso convertí tu tratamiento en nuestra pequeña tradición familiar. Mis vasos solo contenían jugo de frutas amargo. Bebía a tu lado para que nunca te sintieras sola. Perdóname por obligarte. Estaba dispuesto a que me odiaras algún día, siempre y cuando siguieras viva cuando ese día llegara».
Un brindis por la vida
Apreté la carta contra mi pecho y lloré. Durante treinta y cinco años había creído que mi esposo escondía mi muerte en ese vaso. En realidad, había escondido allí mi vida.
Ahora, cada noche a las nueve, sigo colocando dos vasos sobre la mesa. Uno contiene mi medicamento. El otro, el jugo de frutas amargo que Víctor tanto tomaba. Levanto mi copa hacia su silla vacía y digo en voz baja: «Un vaso por otro día en el que estoy viva gracias a ti».