—Y encerraste el teléfono de Valeria.
—Tu esposa exagera todo.
—Sofía sabía dónde lo guardabas.
Teresa desvió la vista.
—Esa niña escucha cosas que no debería.
Sentí la vieja necesidad de discutir cada punto.
De demostrarle que estaba equivocada.
No lo hice.
—Ya no vas a vivir aquí.
Mi madre me miró como si no hubiera entendido.
—¿Qué dijiste?
—Voy a organizar para que recojas tus cosas. Hoy te llevas lo necesario. Después vemos cómo sacar lo demás sin que Valeria y Sofía tengan que estar presentes.
—Me estás corriendo de la casa de mi hijo.
—Te estoy pidiendo que salgas de la casa de Valeria y mía.
—Por ella.
—Por lo que pasó aquí.
Teresa empezó a llorar.
No era una actuación evidente.
Mi madre estaba dolida.
Y yo también.
Durante unos segundos tuve la tentación de sentarme junto a ella y decirle que encontraremos otra forma, que quizá podía quedarse unos días, que tal vez con reglas nuevas todo se arreglaría.
Era exactamente el tipo de negociación que me había llevado hasta ahí.
Así que no la hice.
Le di tiempo para reunir sus medicamentos y algunas pertenencias.
Después salió del departamento.
No hubo gritos en el pasillo.
No hubo una última frase perfecta.
Solo una puerta que se cerró.
Los días siguientes fueron incómodos de una manera distinta.
Sofía preguntaba si la abuela iba a volver.
Al principio lo hacía varias veces al día.
Valeria se despertaba cuando escuchaba ruidos en la cocina.
Yo empecé a notar hábitos que antes me parecían normales.
Mi esposa pedía permiso para comprar cosas pequeñas con dinero de nuestra propia casa.
Se disculpaba cuando dejaba una taza en la mesa.
Sofía miraba hacia la puerta antes de decir que no quería terminar la comida.
Teresa ya no estaba, pero algunas de sus reglas seguían viviendo con nosotros.
No podíamos borrarlas con una conversación
Así que empezamos por cosas simples.
Nadie se quedaba sin cenar como castigo.
Sofía no tenía que hacer tareas domésticas que pudieran lastimarla.
Ayudar era una opción adecuada para su edad, no una prueba de obediencia.
Valeria conservaba su teléfono con ella.
Y si mi madre llamaba, Valeria no tenía obligación de contestar.