Elías respiró hondo antes de levantar a Hannah con el mayor cuidado posible.
—No hablarás más de peligros —dijo con serenidad—. Ahora lo único importante es sacarte viva de aquí.
Ella cerró los ojos mientras el dolor recorría su cuerpo.
—Él volverá…
—Entonces nos encontrará lejos.
Con movimientos lentos la acomodó sobre una manta que encontró en un rincón del granero. Después la llevó hasta su carreta. Cada pequeño movimiento arrancaba un gemido a Hannah, pero ella apretó los dientes y resistió.
Cuando los caballos comenzaron a avanzar, Elías volvió la vista hacia la casa principal.
Las cortinas se movieron apenas.
Alguien los estaba observando.
No se detuvo.
El doctor Samuel Pierce vivía a casi una hora de camino. Era un hombre mayor, respetado en toda la región por atender tanto a ricos como a pobres.
Al abrir la puerta y ver el estado de Hannah, su expresión cambió de inmediato.