Elías respiró hondo antes de levantar a Hannah con el mayor cuidado posible.
—No hablarás más de peligros —dijo con serenidad—. Ahora lo único importante es sacarte viva de aquí.
Ella cerró los ojos mientras el dolor recorría su cuerpo.
—Él volverá…
—Entonces nos encontrará lejos.
Con movimientos lentos la acomodó sobre una manta que encontró en un rincón del granero. Después la llevó hasta su carreta. Cada pequeño movimiento arrancaba un gemido a Hannah, pero ella apretó los dientes y resistió.
Cuando los caballos comenzaron a avanzar, Elías volvió la vista hacia la casa principal.
Las cortinas se movieron apenas.
Alguien los estaba observando.
No se detuvo.
El doctor Samuel Pierce vivía a casi una hora de camino. Era un hombre mayor, respetado en toda la región por atender tanto a ricos como a pobres.
Al abrir la puerta y ver el estado de Hannah, su expresión cambió de inmediato.
—Métanla adentro.
Durante varios minutos nadie habló.
Elías esperó en el porche mientras el médico examinaba cuidadosamente a la joven.
Finalmente, el doctor salió.
—Vivirá.
Elías soltó el aire que llevaba reteniendo.
—Pero…
—Llegó a tiempo. Unas horas más y la infección habría acabado con ella.
El ranchero bajó la cabeza.
—¿Quién pudo hacerle algo así?
El médico lo miró fijamente.
—Eso tendrá que responderlo ella cuando tenga fuerzas.
Pasaron dos días.
Hannah despertó varias veces, siempre sobresaltada.
Cada ruido la hacía temblar.
Cada sombra parecía devolverla al granero.
La tercera mañana encontró a Elías sentado afuera, reparando una silla.
—Pensé que ya se habría ido.
Él sonrió sin dejar de trabajar.
—Prometí sacarte de allí. Nunca dije que pensara abandonarte después.
Por primera vez apareció una débil sonrisa en el rostro de Hannah.
Duró apenas unos segundos.
—Fue mi esposo.
Elías dejó las herramientas.
Ella respiró profundamente.
—No siempre fue así. Al principio era amable. Después empezó a controlar todo… mis amistades, el dinero, mis salidas. Luego llegaron los golpes. Y cuando intenté escapar…
Las lágrimas comenzaron a caer.
—Me llevó al granero para castigarme.
El silencio fue más pesado que cualquier palabra.
Aquella misma tarde apareció un jinete levantando una nube de polvo.
Era Owen Miller.
Entró al patio sin desmontar.
—Esa mujer es mi esposa.