PARTE 1
—No te cases con ese hombre. Si firmas hoy, quizá mañana descubras que dormiste durante dos años al lado de la persona que destruyó a tu familia.
La voz salió de una anciana que vendía flores frente al Registro Civil, justo cuando Alicia Rocha estaba a punto de entrar para casarse.
Durante unos segundos nadie reaccionó.
Luego algunos invitados soltaron risitas nerviosas.
—Ya empezó la señora —murmuró uno de los compañeros de Rogelio—. Seguro quiere venderle todo el balde.
Pero la anciana no miró a nadie.
Miraba únicamente a Alicia.
A sus treinta y siete años, Alicia no había querido una boda enorme. Llevaba un vestido marfil sencillo, el cabello recogido sin demasiados adornos y un ramo pequeño. Después de firmar, ella y Rogelio Vargas almorzarían con diecinueve familiares y amigos en un restaurante de Querétaro.
Nada más.
Así era Alicia: ordenada, práctica, contadora desde hacía años, acostumbrada a que cada peso tuviera explicación.
Rogelio, de cuarenta y uno, había entrado en su vida dos años antes cuando fue a medir unas ventanas que ella quería cambiar en el departamento heredado de su madre. Era trabajador, tranquilo y tenía una pequeña cuadrilla de instalación de aluminio y vidrio.
Con el tiempo terminó mudándose con ella.
Habían remodelado juntos la cocina, discutido por el color de los azulejos, viajado los domingos a visitar al padre de Rogelio y construido una vida tan cotidiana que casarse parecía simplemente poner una firma donde faltaba.
Sin embargo, Rogelio llevaba dos semanas extraño.
Su padre, Héctor Vargas, había muerto repentinamente poco antes de la boda. Desde entonces Rogelio dormía mal, pasaba horas revisando cajas y documentos del viejo departamento y a veces se quedaba en silencio mirando por la ventana.
Alicia incluso propuso aplazar la ceremonia.
Él se negó.
—Mi papá siempre decía que, si algo ya estaba decidido, debía cumplirse. Quiero casarme contigo.
Por eso aquella mañana estaban allí.
Hasta que la anciana cruzó la calle.
Traía un balde de plástico lleno de margaritas baratas. Al llegar a las escaleras, lo soltó. El agua se extendió por el piso y las flores rodaron entre los zapatos de los invitados.
Entonces se arrodilló.
—Por favor, hija. No te cases con él.