El día de mi boda, una anciana derramó su cubeta de flores, cayó de rodillas y me advirtió: “Si te casas con él, será demasiado tarde”. Entre 19 invitados me entregó un viejo boleto relacionado con la muerte de mi padre. Mi prometido lo reconoció de inmediato. Yo me quité el velo y cancelé todo sin discutir. Horas después supe que llevaba dos semanas ocultándome una verdad enterrada durante 23 años…

Rogelio se acercó molesto.

—Señora, tranquilícese. Le compro todas las flores si quiere, pero no haga esto aquí.

La mujer levantó la cara.

Al verlo, perdió el color.

Metió una mano dentro de su blusa y sacó un pequeño papel amarillento, doblado varias veces.

Se lo entregó a Alicia.

Era un antiguo boleto de autobús.

Alicia leyó la fecha.

Sintió que el estómago se le cerraba.

El boleto había sido comprado exactamente tres semanas después de la muerte de su padre, Antonio Rocha, atropellado veintitrés años atrás por un conductor que supuestamente jamás había sido identificado.

En el reverso había una dirección escrita con lápiz.

Un taller mecánico.

Un poblado cercano.

Y un apellido.

Vargas.

Alicia levantó lentamente la vista.

Rogelio estaba mirando el boleto por encima de su hombro.

No preguntó qué significaba.

No se rio.

No pareció confundido.

Se puso pálido.

—Rogelio —susurró Alicia—. ¿Tú sabes qué es esto?

Él tardó demasiado en responder.

—Primero entremos a firmar.

Alicia sintió que algo se rompía dentro de ella.

—¿Qué dijiste?

—Firmemos. Después te explico todo en casa. Te juro que tiene explicación.

Alicia se quitó el velo de un tirón.

Un pasador cayó sobre la escalera.

—No voy a firmar nada.

Su prima Sandra intentó detenerla.

Rogelio pidió hablar en privado.

Los invitados miraban sin entender.

Pero Alicia cruzó la calle y se sentó junto a la anciana en la parada del autobús.

—¿Cómo se llama usted?

—Zenaida.

—Entonces dígame por qué tenía esto.

La anciana miró el viejo boleto entre los dedos de Alicia.

—Porque conocí a tu madre.

Alicia dejó de respirar.

Zenaida señaló a Rogelio al otro lado de la calle.

—Y porque hace veintitrés años vi a ese hombre cuando todavía era un muchacho de dieciocho… al lado del hombre que estaba intentando ocultar quién había atropellado a tu padre.

Alicia volvió la mirada hacia Rogelio.

Él seguía inmóvil frente al Registro Civil.

Y por primera vez comprendió que su boda no acababa de cancelarse.

Acababa de abrirse una historia que alguien había enterrado durante veintitrés años.

Y lo que Zenaida contó después fue mucho peor de lo que Alicia podía imaginar.

PARTE 2

Zenaida había vendido flores durante casi treinta años frente a la antigua central de autobuses de Querétaro.

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