Mi marido me comparó con la esposa de un amigo y soltó: “Ella sí sabe atender a su hombre; con mi sueldo yo no debería tocar ni una escoba”. En vez de pelear, llamé a aquella mujer y después puse todos nuestros recibos sobre la mesa. Lo que descubrí sobre su supuesta “esposa perfecta” me dio una idea, pero el verdadero golpe llegó cuando nuestra tarjeta común quedó en cero.

PARTE 1

—Como yo gano más que tú, desde hoy tú te encargas sola de la casa. Y si no te gusta, siempre puedo encontrar a otra mujer que sí sepa atender a su marido.

Mariana se quedó inmóvil en medio de la cocina, todavía con el bolso colgado del hombro.

Acababa de regresar de trabajar después de pasar casi diez horas en una oficina de logística en Querétaro. Le dolían los pies, tenía hambre y lo único que quería era bañarse, cenar algo y dormir.

Pero Raúl, su esposo desde hacía cuatro años, estaba sentado a la mesa con una taza de café y una expresión tan seria como si estuviera anunciando una decisión empresarial.

—¿Perdón? —preguntó ella.

—Lo que escuchaste. Yo gano casi el doble. No tiene sentido que llegue a barrer, lavar trastes o doblar ropa. Tú eres la mujer de la casa.

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