PARTE 1
—Como yo gano más que tú, desde hoy tú te encargas sola de la casa. Y si no te gusta, siempre puedo encontrar a otra mujer que sí sepa atender a su marido.
Mariana se quedó inmóvil en medio de la cocina, todavía con el bolso colgado del hombro.
Acababa de regresar de trabajar después de pasar casi diez horas en una oficina de logística en Querétaro. Le dolían los pies, tenía hambre y lo único que quería era bañarse, cenar algo y dormir.
Pero Raúl, su esposo desde hacía cuatro años, estaba sentado a la mesa con una taza de café y una expresión tan seria como si estuviera anunciando una decisión empresarial.
—¿Perdón? —preguntó ella.
—Lo que escuchaste. Yo gano casi el doble. No tiene sentido que llegue a barrer, lavar trastes o doblar ropa. Tú eres la mujer de la casa.