Mariana lo observó durante varios segundos.
Después dejó su bolso, caminó hasta el refrigerador, sacó una botella de agua para ella y se fue al dormitorio.
—¡Mariana! —gritó Raúl—. ¿Y mi cena?
Ella cerró la puerta sin contestar.
A la mañana siguiente tampoco preparó desayuno.
Raúl apareció en la cocina mirando la mesa vacía.
—¿No hiciste huevos?
—Entro temprano.
—¿Y yo qué voy a comer?
Mariana levantó la vista del celular.
—Eres un hombre proveedor y jefe de familia. Estoy segura de que puedes resolver un desayuno.
Raúl se puso rojo.
—Sigue así y luego no te sorprendas cuando encuentre tu reemplazo.
Aquella frase terminó de convencerla.
Durante su descanso llamó a Paola.
—Necesito preguntarte algo raro —dijo Mariana—. ¿Es verdad que tú haces absolutamente todo en tu casa porque Mauricio mantiene la familia?
Al otro lado hubo unos segundos de silencio.
Luego Paola soltó una carcajada.
—¿Mauricio dijo eso?
—Raúl asegura que eres el ejemplo de esposa que debería seguir.
Paola volvió a reír.
—Mariana, viene una señora tres veces por semana a limpiar. La ropa la mandamos a lavandería y cocino quizá una vez cada quince días. La mitad del tiempo pedimos comida por aplicación.
Mariana apretó el teléfono.
—¿Entonces eso de que obedeces a Mauricio…?
—Puro teatro para sus amigos. Le encanta hacerse el muy macho cuando están juntos.
Esa noche Mariana esperó a que Raúl terminara de repetir nuevamente que vivían “principalmente gracias a su sueldo”.
Entonces sonrió.
—Perfecto. Hagamos una prueba. Durante un mes, cada quien vivirá con su propio dinero.
Raúl levantó las cejas.
—¿Tú quieres hacer eso?
—Sí. Cada quien paga sus gastos personales. Y los gastos comunes se dividen de manera clara. Así veremos quién depende realmente de quién.
Raúl se echó a reír.
—Acepto. En dos semanas vas a estar pidiéndome dinero.
—¿Y si eres tú quien no llega a fin de mes?
Él sonrió con soberbia.
—Eso no va a pasar.
—Entonces apuesta algo.
Raúl aceptó: si Mariana perdía, cocinaría los cortes de carne que él quisiera dos veces por semana. Si Raúl perdía, volvería a compartir las tareas y durante varios meses él se encargaría de limpiar personalmente el baño.
Se estrecharon la mano.
Raúl la miró como si ya hubiera ganado.