PARTE 1
—¡¿Qué estás haciendo?! ¡Ese regalo lo mandó mi mamá para el cumpleaños de Sofía!
Mauricio casi me arrancó la caja de las manos cuando me vio arrojarla al bote de basura de la cocina.
No levanté la voz. Tampoco intenté detenerlo.
—Antes de gritarme, ábrela.
Ese sábado nuestra hija cumplía cinco años. Desde que despertó hablaba de su fiesta, de su pastel de fresas y, sobre todo, de si su abuela Teresa le mandaría algo.
La relación entre mi suegra y yo nunca había sido buena. Durante seis años soporté comentarios sobre mi ropa, mi trabajo, mi comida y hasta la forma en que educaba a Sofía. Mauricio siempre repetía lo mismo:
—Mi mamá es así. No lo hace con mala intención. Tú te tomas todo demasiado personal.
Por nuestra hija, yo tragaba saliva y callaba.